Puerto de La Valeta – Foto de María Jar Torre

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Sigue la traducción de un fragmento del libro de Jan Morris sobre el Almirante Fisher.

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Casi imperceptiblemente la falúa toca el muelle, y al punto los amarradores están en tierra. Con un saludo y una sonrisa al timonel, el Almirante [Fisher] desembarca y, seguido por su Ayudante y un par de señaleros, sube deprisa la escalinata llena de gente. A su alrededor están las murallas de la fortaleza de Malta. El sol quema, las escaleras son empinadas, hay poca sombra y está frisando en la sesentena, pero no es conveniente mostrar debilidad; mantiene un paso constante y le es grato escuchar al Ayudante y a los señaleros jadeando tras él.

Unas pocas personas se asoman a las ventanas para verlo pasar, pero sin sorpresa. Es una figura familiar aquí. Los chiquillos se paran a mirar, compradores y repartidores le abren paso respetuosamente. Dos marineros francos de servicio saludan, cuadrándose al salir de una callejuela. «Buenas tardes, Almirante», dice un hombre cuyo rostro le es vagamente familiar, y le dice en broma: «Manteniendo la línea, ya veo». Él asiente con la cabeza, nada más. No está socializando. Está de servicio con la Royal Navy. Es el almirante Sir John Fisher, GCB, cuadragésimo Comandante en Jefe de la Flota Británica del Mediterráneo, y se apresura hacia la Barrakka, el alto paseo empedrado que domina la Grand Harbour, para ver sus buques entrar en el puerto.

No puede ocultar su satisfacción cuando, por fin, secándose el sudor de la frente con el gran pañuelo que lleva en el bolsillo del pecho, llega al paseo. Es un lugar abarrotado de historia. Los caballeros de San Juan levantaron los baluartes que rodean La Valeta por los cuatro costados, pero el glorioso puerto escenifica ahora la grandeza británica, y el buque de línea «Hibernia», pintado de blanco y negro, está en el dique seco del astillero como base de la Marina Real, simbolizando su larga vinculación con la isla: ha sido parte del paisaje en Malta durante casi un siglo.

En la Barrakka se conmemora a muchos héroes imperiales: el almirante Sir Thomas Fremantle, el almirante Sir Henry Hotham, el gobernador Sir Thomas («King Tom») Maitland, aquí un coronel del primer regimiento de Ceilán, allí un capitán del Regimiento de Infantería N° 40 (muerto en la batalla de Ferozeshah, en 1845). Fisher no sería del todo humano si no fuera un poco fanfarrón, siendo heredero de todas estas tradiciones. Mandar la flota británica en el Mediterráneo es uno de los deberes supremos que se puede confiar a un oficial de Marina, y la llegada de los barcos al abra es un espectáculo magnífico que despabilaría al más lerdo.

Es una de las razones por las que, siempre que la flota vuelve de algún ejercicio, Fisher se adelanta con su buque insignia, apresurándose hasta la Barrakka para ver llegar al resto de los barcos. Otra razón es que desde este punto de vista puede juzgar por sí mismo la aptitud de sus capitanes. Espera de ellos que entren con rapidez, que maniobren sin problemas y que amarren con destreza en sus respectivas boyas en medio del puerto.

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Grand_Harbour_

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Aquí vienen. El Ayudante levanta su telescopio. Los señaleros preparan sus banderas. Fisher sabe que sus capitanes pueden verlo con toda claridad, aquí arriba en la terraza, y adopta su actitud más imponente. Tiene viejos amigos, y probablemente enemigos, allí abajo en los barcos, y a nadie le cabrá la más mínima duda sobre quién manda esta flota. En la mar, más allá de la bocana del puerto, sus destructores y torpederos ya se apresuran a entrar en la bahía de Sliema, al otro lado de La Valeta; bajo su atalaya, su buque insignia, el «Renown», ya está en el fondeadero, cubierto de un enjambre de marineros laboriosos. Ahora, entrando uno tras otro en la Grand Harbour, llegan los acorazados de la flota, pintados de blanco, tórtola y amarillo, banderas y gallardetes al viento en sus palos mayores, y las chalupas bajan de sus pescantes aún antes de llegar:

«Royal Sovereign» y «Royal Oak», «Devastation», «Illustrious», «Ramillies», «Revenge» y «Empress of India» – la escuadra de acorazados más poderosa del mundo.

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The-Grand-Harbor

The Grand Harbour

http://chestofbooks.com/travel/malta/John-Stoddard-Lectures/Malta-Part-3.html

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Uno a uno llegan, viran en redondo y toman sus boyas de amarre, a proa y a popa – unos con más rapidez, otros de modo más eficiente, pero en conjunto alcanzan el nivel que espera Fisher.

«No ha estado mal», dice a su Ayudante.

«No ha estado mal, señor», responde el oficial, pero sabe tan bien como Fisher que hay una excepción.

«Transmita una señal», dice el Almirante, y en cosa de segundos el señalero la está enviando sobre el abra, a la vista de todos.

«The second-in-command’s flagship is to return to sea and return to moorings in a seamanlike manner.»

El buque insignia del segundo Jefe de la Flota ha de volver a la mar y entrar en el puerto como debe hacerlo un marino.

Uno casi puede oír el resuello de la gente cuando recibe este humillante mensaje, extendiéndose por la flota y concentrándose sobre el acorazado «Ramillies», en el que ondea la insignia del contralmirante [Lord Charles Beresford].

Fisher les deja ocupados en ello. Despide al Ayudante y sus hombres, cruza la Barrakka, pasa ante el magnífico edificio barroco del Auberge de Castille, donde el Comandante General tiene su cuartel general, y sigue más allá de la monstruosa ópera diseñada por Edward Barry, el arquitecto de Covent Garden, caminando por la concurrida calle del Sur hasta el «palazzo» del siglo XVIII que es la sede oficial del Almirantazgo. Los centinelas dan taconazos y saludan. El ordenanza se hace cargo de su gorra y su bastón. La señora de Fisher está en el salón con sus hijas Beatrix, Dorothy y Pamela – los «pasteles de pescado» de Malta.

«Bienvenido a casa, querido. Justo a tiempo para el té. Siéntate y cuéntanos cómo te ha ido».

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Cartas náuticas

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Puerto de La Valeta

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Google Earth – Puerto de La Valeta

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Acuarela de 1895

English School – HMS Ramillies, Malta Harbour, from the Barracca

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