Fotografía de Uwe Acosta

El instructor del HUET es

Alejandro Gandul Hervás

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EJERCICIOS DE SUPERVIVENCIA

EN LA FLOTILLA DE AERONAVES – 1985/1986

Todas las dotaciones realizábamos anualmente un adiestramiento de supervivencia en la mar. Evidentemente, el ejercicio sigue siendo obligatorio, con métodos más modernos.
Se trataba de conseguir diversas metas, todas encaminadas a que, de producirse un accidente en la mar, la dotación fuese capaz de abandonar la aeronave siniestrada y, una vez en el exterior, de mantenerse en la superficie, en espera de la llegada de ayuda.
Una fase la realizábamos en la piscina de marinería de la Base Naval de Rota. Había que lanzarse al agua, con unas gafas especiales, de cristal negro, que impedían la visión. No es ninguna tontería tirarte al agua con el equipo, y a oscuras daba una sensación inquietante. Reconozco que a mí particularmente no me preocupó, lo que no contradice que notara una extraña sensación durante el cortísimo tiempo de caída, inmersión y recuperación, con el equipo de vuelo y las botas. Debías mantenerte en inmersión, buscar el botellín de emergencia del chaleco salvavidas, trincar la boquilla con los dientes y respirar su contenido a presión.
Era muy interesante hacer de espectador. Recuerdo a Pedro Piury, muy serio, con su mueca característica, haciendo sus ejercicios de respiración controlada con el botellín, o la desorientación al buscar la balsa salvavidas: podías dar varias vueltas a la piscina sin encontrarla.
Una segunda parte del adiestramiento la hacíamos en la mar, en las cercanías de Rota. Allí poníamos la teoría en práctica, todos reunidos, trincándonos unos a otros… Aparecía un helicóptero y lanzaba una balsa. Ahí nos ejercitábamos en ocuparla y esperar ayuda exterior.
A Luis le tocó tirarse al agua vistiendo un traje nuevo en pruebas de supervivencia. No todo le fue bien: el cuello le apretaba demasiado, y pasó un mal rato.

Finalmente, había que realizar la prueba del “Dunker”.
¿A qué llamábamos así? Lo describiré, a ver si lo consigo.

Detrás de los hangares de la zona de levante del Helipuerto había una piscina, y sobre ella un artilugio metálico, con forma de cabina de carga de helicóptero. Lo manejaba un técnico desde cierta altura. Entrábamos en él con equipo de vuelo y casco, y por supuesto con las gafas negras, que impedían la visión.
Una vez sentados, trincados y con los buceadores de rescate bajo el agua, hacían girar aquel artefacto varias veces en el aire, y finalmente caía al agua. Una vez sumergido, los ocupantes debían destrincarse, bucear, encontrar la salida y abandonarlo, evidentemente bajo el agua y a pulmón, todo en orden, sin pisarse y en “oscurecimiento total”, gracias a las benditas gafas.
Parece sencillo, pero todo influye en contra… Llevar gafas negras que impiden la visión, las vueltas que da el aparato en el aire, la entrada en el agua girando, quedar boca abajo, y el proceso de destrincarte y comprobar el camino a manotazos… Por supuesto que los demás ocupantes también lo hacen. Parece eterno, aumenta el bombeo del corazón, y el aire de los pulmones se hace insuficiente.
Yo mandaba la 3ª escuadrilla, y en el verano de 1986 nos correspondió el turno de hacer el ejercicio a mi segundo, Marito Palao, y a mí. Ambos éramos muy tranquilos, entramos, nos sentamos y decidimos dar la vara… La cabina comenzó a dar vueltas y… Marito y yo nos abrazamos y nos pusimos a chillar, entró en el agua y continuábamos con la representación… Los buceadores no saben qué ocurre, dan la voz de alarma y… al instante, izan de nuevo la cabina, seguimos con las gafas y no vemos nada… Coño, dice Marito, ¿qué pasa?… no sé, le contesto… ¿tú sabes algo de que han cambiado el procedimiento?… No le dio tiempo a responderme. El instructor, muy preocupado, preguntaba a voz en grito si nos pasaba algo… Nada, le contesto, ¡daos prisa, que tenemos cosas que hacer!… Volvimos a caer haciendo los mismos aspavientos, abandonamos la cabina sin novedad y… sólo los buceadores se habían preocupado. Los demás… ya conocían nuestro carácter.
Ese mismo día le correspondía hacer la prueba a mi amigo Vicente, de la 5ª escuadrilla. Le tenía mucho respeto, no le gustaba, así que para algo está la amistad. Me pidió que le acompañara, y naturalmente así lo hice. Me zambullí de nuevo, pero esta vez en serio, sin aspavientos y ayudándole.
Así lo recuerdo.

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