Desde las Directivas Comunitarias
de la década de los ochenta,
se perfila un ferrocarril europeo
con una infraestructura y
control de tráfico de carácter estatal,
y una explotación comercial
puramente privada.
Por eso, es de esperar
que los competidores
–cualquier empresa solvente
domiciliada en la Unión Europea-
pretendan conseguir los tráficos
y desarrollarlos porque,
a fin de cuentas,
ese es su negocio y su objeto social.
Ahora bien, no  hay que olvidar que
el ferrocarril ha sido
una aventura ruinosa en Europa
que terminó en la nacionalización
de todas las redes ferroviarias
y su explotación por compañías estatales.

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