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Manuel Rodríguez Aguilar,

oficial de la Marina Mercante

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Ahora que tanto estamos

oyendo hablar en los medios de comunicación

sobre el petróleo, el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz,

recuerdo mi último embarque como marino mercante.

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El «Castillo de Lorca» en Buques.org

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Fue en el petrolero “Castillo de Lorca”, perteneciente a la Empresa Nacional Elcano, un buque tanque que cargaba alrededor de 170.000 toneladas. Corría el año 1986, en los tiempos de la cruenta guerra entre Irán e Irak que mantenía en vilo al mundo desde 1980. Durante esos largos años de enfrentamiento muchos buques habían sido atacados por ambos países beligerantes, con el triste resultado de cientos de muertos y numerosos barcos dañados (algunos españoles) o hundidos, aunque todavía no había llegado lo peor para España, con el ataque al petrolero “Barcelona”, de la naviera Marflet, por la aviación iraquí en 1988, una tragedia en la que perdieron la vida cuatro tripulantes.

Ajenos a todo ello, habíamos cargado en la terminal rusa de Novorossiysk, en el Mar Negro, donde pasamos un frío de espanto. La descarga se inició en el puerto francés de Lavera, cercano a Marsella, y se completó en Savona, un puerto italiano no demasiado lejos de Génova. Allí recibimos la noticia que nos dejaría a todos descolocados e intranquilos: el siguiente cargamento se tomaría en la terminal saudí de Ras Tanura, situada en mitad del Golfo Pérsico.

Sin ninguna alegría partimos de Savona rumbo a Port Said, la entrada del Canal de Suez, teniendo que capear un violento temporal durante el trayecto. Llegamos una tarde y al día siguiente lo atravesamos en el primer convoy de bajada. La navegación por el Mar Rojo, el Estrecho de Bab el-Mandeb y el Mar Arábigo, ya en el Océano Índico, se realizó sin novedad. Antes de entrar en el Estrecho de Ormuz haríamos escala en Fujairah, ciudad perteneciente a los Emiratos Árabes Unidos, donde estaba previsto que desembarcaran unos operarios que habían hecho varios arreglos en los tanques y los tripulantes que no querían entrar, además de tomar diferentes repuestos. Desde hacía tiempo, la naviera mantenía que, a causa de la guerra, los tripulantes que no quisieran entrar en el Golfo Pérsico podían desembarcar en Fujairah y esperaban a la salida del buque cargado para retomar el viaje de regreso. Por el contrario, los que entraban recibían una suculenta gratificación.

Una vez en marcha, atravesamos el Estrecho de Ormuz de noche, por seguridad, y con las cortinillas cubriendo todos los portillos. Fondeamos frente a Dubái y ya por la mañana reemprendimos la navegación lo más pegados posible a la costa occidental y, a la vez, lo más alejados de la costa iraní. Nada más llegar a la terminal de Ras Tanura atracamos a la estructura metálica con ayuda de remolcadores y poco después conectaron los dispositivos de tierra en el manifold del “Castillo de Lorca”. La carga fue rápida y en poco tiempo estábamos saliendo por el canal de boyas, en un viaje similar al de subida, directos a fondear de nuevo en Dubái. Allí esperamos a que se fuera la luz para atravesar de noche el Estrecho de Ormuz, de la misma forma que unos días antes lo habíamos hecho a la entrada.

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Volvimos a hacer escala en Fujairah para recoger a los que se habían quedado (los llamamos “objetores”) y, una vez todos juntos, a desandar el camino hasta salir al Mediterráneo. Recuerdo que eran las Navidades 86-87 y, con tanto tiempo sin tocar puerto español, íbamos a pasarlas bastante tristes -por lo menos en mi caso-, porque no teníamos turrón ni polvorones y yo soy muy goloso. Al final andábamos un poco escasos de algunos alimentos: se acabaron las patatas, y estuvimos a punto de amotinarnos. Estaba previsto que la descarga se hiciera en Tarragona, a donde llegamos una mañana del mes de enero. Fueron a buscarme mis familiares y ya estaba yo listo para desembarcar, dispuesto a “navegar” por nuevas rutas. Primero me tocaría estudiar y pasar por una academia de preparación, luego cumplir con los exámenes de la oposición que, afortunadamente, tendrían el éxito esperado, y, finalmente, un nuevo trabajo como funcionario público, donde he pasado toda mi vida laboral hasta mi jubilación. En todos esos años en tierra mi añoranza por la mar y los barcos la he compensado con mis libros y artículos, y los que todavía me queden por escribir.

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