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Françoise había insistido en acompañarme y llevarme hasta el muelle en mi viejo coche.
Sabíamos que seguramente yo iba a estar embarcado por un tiempo indeterminado
y los dos queríamos aprovechar hasta el último momento de compañía mutua.
Al amanecer, aquellos muelles secundarios del enorme puerto de Miami no presentaban la frenética actividad que se le puede suponer a un puerto de tanta categoría. La zona, en realidad, era un conjunto de pequeñas dársenas, muelles y tinglados, lejos de las terminales de cruceros y zonas de contenedores. Por todos lados se podían ver embarcaciones de distinto tamaño, en variado grado de abandono, algunos en seco, otros a flote, en los que el óxido o la madera envejecida, con la pintura cuarteada, eran las características dominantes en aquel cuadro decadente pero marinero, a pesar de todo.
Conocíamos el camino; ya habíamos estado allí unos días antes, acompañados de un amigo, cuando cerramos el trato con el capitán del viejo remolcador de altura, cuyo nombre no recuerdo y al que desde ahora llamaré el «Mémoire».
El «Mémoire» no estaba mal conservado; se trataba de un remolcador ligeramente modificado para operaciones de buceo, dotado de una cámara de descompresión bastante digna, un pescante con su motor que podía elevar cargas medianas y unos espacios habitables bastante correctos, para la tripulación y algún pasajero ocasional.
Mientras buscábamos el «Mémoire», pasamos por zonas cuyas referencias reconocíamos de nuestra primera visita: un motovelero en seco al que faltaba la hélice, un montón de redes de pesca abandonadas, varios tinglados con grafitis y la más definitiva e inconfundible referencia, un pesquero de madera con nombre en español, inmovilizado por la DEA, con los accesos precintados y un cartel inequívoco que indicaba en inglés “no pasar”. Seguramente ya no estábamos lejos de donde el «Mémoire» estaría calentando máquinas, esperando a tripulantes y pasajeros, listo para zarpar.
A finales de los 70 decidí irme a vivir a los Estados Unidos, con el loable propósito de ganarme la vida allí. Mucha gente abría los ojos con sorpresa cuando yo les contaba que era buzo profesional. Lo primero que decían era algo como «hostias chaval, la pasta que se gana en eso», pero la triste realidad es que los sueldos en España no eran como para gastar pirotecnia.
Los buceadores profesionales en España, tras pasar bastantes meses en la escuela de Náutica de Alicante, o en el centro de Buceo de la Armada, sometidos a una formación rigurosa, nos lanzábamos al mundo laboral para encontrarnos con trabajos duros, peligrosos y mal pagados. Con jefes tan burros como un capataz (lo sé de oídas), que afirmaba que lo de la descompresión era un invento de los «buzos amariconaos» de ahora. Que hiciéramos la descompresión al llegar a casa o los fines de semana, decía el pedazo de bestia. Si bien es cierto que en las plataformas de petróleo se ganaban dos sueldos en un mes eso era porque en esos lugares se trabajaba doce horas al día, siete días a la semana, lo que representa, realmente, dos jornadas en una. En resumen, tras unos pocos años trabajando para compañías españolas, me dejé convencer por los cantos de sirena provenientes del otro lado del charco, pues es conocido que los buzos somos particularmente sensibles a este tipo de expresiones líricas.
De modo que, tras una serie de eventos, entre ellos un matrimonio de conveniencia y varios trabajos como inmigrante ilegal, acabé viviendo de alquiler en un diminuto apartamento de South Miami Beach (lugar al que me siguió mi amiga Françoise, desde España, unos meses después).
Tras buscar infructuosamente trabajo como buceador, en Miami aprendí oficios como limpia-ventanas (colgado de una cuerda a varios pisos de altura) o ayudante de cocina (haciendo ensaladas en un lujoso restaurante español). Pero esta vez, ¡por fin! había encontrado un anuncio en el «Miami Herald» en el que se solicitaban los servicios de dos buceadores profesionales, para un trabajo offshore bien pagado y de varias semanas. En el anuncio clasificado daban un teléfono y como dirección, un amarre en un muelle determinado. Tras concertar una cita por teléfono, me dirigí al puerto acompañado de mi amigo Pedro, un camarero español bastante peculiar, y mi amiga Françoise. Ambos se quedaron esperando en mi coche mientras yo subía al «Mémoire» para hablar con el capitán.

La primera parte de la entrevista se deslizó a través de las preguntas normales y esperadas. Mientras hablábamos de mi experiencia (currículum en mano), el capitán pareció bastante impresionado al leer que había bajado a 103 metros de profundidad con una compañía francesa, usando campana de buceo y respirando heliox, o con mi trabajo rutinario en una instalación petrolera de Libia, a 54 metros de profundidad. En resumen, mi CV parecía ser el de un buzo bastante competente, por lo que el capitán dejó caer que, junto con otro buceador, yo era uno de los candidatos con más probabilidades. Tras hacerme firmar un contrato de confidencialidad, pasó a explicarme la naturaleza de la tarea, tratando de no sonar demasiado dramático, ni demasiado informativo.
Por mi parte, hice un esfuerzo para mantener mi aplomo cuando el capitán empezó a explicar, sin darle demasiada importancia, que se trataba de recuperar un tesoro perfectamente localizado. Inmediatamente pensé que debía tratarse del pecio de un galeón español, algo «relativamente» abundante por esas aguas. Pero no, según el capitán, el tesoro consistía en un cargamento de lingotes de plata que el gobierno de los EEUU había enviado hacia Europa, para pagar las nóminas de los soldados en el frente, durante la Segunda Guerra Mundial. Desgraciadamente, el barco que transportaba ese tesoro se había encontrado con un torpedo alemán que lo mandó al fondo del mar, en un lugar indeterminado frente a la costa de los EEUU, a una profundidad que no me dijo para no darme pistas. Sin embargo, a juzgar por los equipos a bordo, que yo había podido ver, y la propia configuración del buque, no parecía un barco preparado para hacer buceo de saturación, algo completamente imprescindible para alcanzar grandes profundidades y trabajar de forma efectiva durante largos períodos de tiempo. Por eso deduje que la profundidad de trabajo no sería excesiva.
Pasamos entonces a detallar las condiciones de empleo, que consistían en vivir y trabajar en alta mar, con un sueldo mínimo garantizado, que ya no recuerdo, pero que era un salario decente para un especialista. Sin embargo, y ésta era la parte más interesante, había una comisión para cada buzo del 1% de toda la plata subida a bordo, lo cual podía representar una verdadera fortuna. Es decir, una vez hallado el pecio, los buzos harían turnos para entrar en los restos del buque, si era necesario usando sopletes de oxicorte o explosivos, para cargar los lingotes, o sus cajas, en unas cestas que se izarían a bordo por medio del pescante o con globos. La cosa empezó a ponerse interesante cuando, con un aire algo más misterioso, me reveló que el secreto era fundamental, pues la compañía de rescate propietaria del «Mémoire» había pagado un dineral por la ubicación del pecio, y temían que posibles competidores intentaran quedarse con el trofeo. Fue entonces cuando, con mirada inquisitiva, me preguntó si sabía manejar armas de fuego. La pregunta, por lo inesperada, me sorprendió notablemente, así que, tratando de no balbucear, le dije que sí, que algo sabía… que había hecho el servicio militar en las COE,s (las Compañías de Operaciones Especiales) y que además fui uno de los dos tiradores de precisión de mi compañía. Confieso que mi formación militar no era gran cosa: disparar con un mosquetón Mauser, con más años que el arroz con leche y una mira telescópica normalita, además de detonar un par de «petarditos» de explosivo plástico para impresionar a los nuevos reclutas. Aparentemente, mi respuesta le gustó tanto que me llevó a la popa para enseñarme una ametralladora de cinta, cubierta por una lona, que me recordó mucho a las MG alemanas que una vez usé en prácticas de tiro en la mili. Sin dudar le dije que también conocía estas máquinas tan útiles, lo cual consiguió sacarle una sonrisa. Al preguntarle para qué llevábamos el trasto en cuestión me respondió que era para ahuyentar a posibles ladrones y otras malas gentes demasiado interesadas en nuestra misión, pero que esperaban no tener que usarlo. Esa explicación, a mis treinta y poquísimos años, no me preocupaba lo más mínimo. Sólo veía la aventura y la oportunidad de ganar una buena suma, por lo que comencé a ilusionarme con la idea del rescate.
Después de un rato de hablar sobre mi experiencia laboral, se despidió sin mucha ceremonia, diciéndome que avisarían por teléfono a los elegidos para confirmar fecha y hora de partida.
Volví al coche, donde me esperaban Pedro y Françoise, moderadamente ilusionado y todavía con esperanza de ser el elegido. Les conté a mis amigos cómo había ido la entrevista y lógicamente se quedaron maravillados con la historia, especialmente con la presencia de la MG a bordo. Con todas esas emociones frescas y Pedro al volante emprendimos la vuelta.
Sin duda ese ambiente de aventura parecía haber animado al bueno de Pedro, que al pasar frente al barco inmovilizado por la DEA y constatar que no había nadie en las proximidades, paró el coche y me propuso entrar al barco para ver qué había dentro.
No tuvo que esforzarse mucho para convencerme, así que saltamos fácilmente sobre la cubierta y entramos por el único tambucho sin candado. Françoise, que todo le parecía bien, se quedaba vigilando desde el coche.
La disposición del buque bajo cubierta nos dejó muy sorprendidos, porque aparte de la quilla y las cuadernas, parecían haberse llevado o destrozado todo lo demás: mamparos, parte del motor, etc. Al puente no se podía acceder (pues estaba bien cerrado) y no era cuestión de ponerse a aporrear la puerta de una nave, confiscada o inmovilizada por la justicia, a plena luz del día.
Así que nos conformamos con inspeccionar superficialmente la parte que se podría considerar una bodega. Al cabo de unos minutos de barrerlo todo con la mirada noté un pequeño objeto rectangular en el suelo húmedo de la sentina. Al recogerlo resultó ser un carné de identidad colombiano, todavía vigente. El encuentro estimuló rápidamente el instinto “cazador recolector” de Pedro, que se puso a buscar frenéticamente detrás de las cuadernas y de los mamparos que todavía quedaban, con la esperanza de encontrar dinero o drogas escondidas. He de admitir que la situación me ponía un poco nervioso; era muy consciente de que aquella entrada ilegal podía acarrear algún problema. Pedro, sin embargo, parecía encantado de la vida, completamente “en su salsa”, y tuve que insistir para que saliera de una bendita vez. Cuando ya estábamos en el coche, a punto de marcharnos, Pedro al volante, alguien que vestía algo parecido a un uniforme nos gritó desde la distancia, haciéndonos señas para que nos detuviéramos. Al decirle a Pedro que quizás sería una buena idea parar (dado que en USA hasta los monaguillos van armados, y que el tipo parecía vestir uniforme) Pedro respondió muerto de risa y pisando el acelerador, exclamando que si llevaba uniforme también podía ser un acomodador de cine. Nunca lo sabremos; lo que es seguro es que no se trataba de un monaguillo.
Tras unos días de espera se produjo la llamada del capitán. No había pasado demasiado tiempo, aunque sí el suficiente como para meditar sobre una situación que presentaba muchísimas más incógnitas que respuestas. Pero no se trataba sólo de preguntas sin responder, sino que todo aquel asunto conllevaba notables incertidumbres y, lo que es peor, serias amenazas.
En el mundo del buceo comercial hay muchas especialidades y muchos ámbitos diferentes: el salvamento y rescate, la obra civil, el mundo del petróleo offshore, la investigación, la recuperación de pecios, la búsqueda de tesoros, etc. De modo que, tras visitar el «Mémoire» y hablar con su capitán, me dediqué a consultar por las noches con mi experta y sabia almohada y aplicar también todo lo que yo sabía del buceo, para evaluar las diferentes opciones.
Primera duda: A la tarea de buscar tesoros, en líneas generales, se dedican compañías con medios millonarios, desde cámaras submarinas operadas remotamente (ROV), hasta campanas presurizadas y equipos de saturación, unos medios que cuestan una fortuna. En aquella época, esas operaciones sólo estaban al alcance de unas pocas compañías muy especializadas, que solían actuar en las plataformas offshore del Mar del Norte, y en otros lugares todavía menos amables.
Segunda duda: En el mundillo del buceo, tanto los profesionales como las compañías de alto nivel, se conocen todos entre ellos. Por eso una operación millonaria como la del «Mémoire» no se podría mantener oculta mucho tiempo; la localización quizás sí, pero no el proyecto. Una oportunidad así ya habría atraído a los mejores cazatesoros de los Estados Unidos, que en ese país son legión. Estas y otras dudas técnicas, que no voy a enumerar aquí para evitar el aburrimiento de quien lea esto, se amontonaron en mi cabeza hasta que «la almohada de las consultas» dijo basta y se declaró en huelga.
Desde ese momento, y descartado el tesoro como motivo, pasé a sopesar otras razones que justificaran la expedición y claro, inmediatamente cobró forma otra explicación mucho más plausible e inquietante. Un buque no se prepara en secreto y carga ametralladoras para ir a buscar langostas, por muy caras y sabrosas que sean. Sólo podía tratarse, por tanto, de un alijo de droga, algo tremendamente común en un lugar tan estratégico y lleno de dinero, millonarios e indeseables como Miami.
Todos hemos visto imágenes de lanchas rapidísimas acosadas por helicópteros de la policía escapando a toda velocidad, mientras sus tripulantes lanzan fardos por la borda. Es muy probable que, si el agua no es excesivamente profunda, los patrones de la lancha tomen nota de la localización exacta del lugar, para volver posteriormente con buceadores para recogerlos. Hoy en día, eso se puede hacer fácilmente con «Google Maps», pero a finales de los setenta creo que sólo existía el posicionamiento GPS para barcos. Por otra parte, sin ningún tipo de dispositivo, un buen navegante, con una costa cercana y cuatro puntos de referencia en tierra, que sea capaz de memorizar, puede crear un ángulo de dos líneas cuya intersección sería exactamente la posición en la que el navegante se encuentre en ese momento. Por tanto, si hace lo correcto y tiene buena memoria o saca una buena foto, puede volver a ese punto exacto tiempo después, sin necesidad de haber marcado el lugar con una boya. Lo sé por experiencia propia.
En todo caso, tanto si un supuesto alijo de droga se va al fondo del mar arrojado por los tripulantes, como si se pierde por culpa de un naufragio o un abandono, recuperar esa mercancía “fresca” en aguas abiertas es mucho más fácil que entrar en un pecio de la Segunda Guerra Mundial en aguas tropicales. Verdadero laberinto de chatarra oxidada, inseguro y lleno de formaciones calcáreas y vida marina. Esta circunstancia, unida a la carencia de equipo de buceo para gran profundidad en el «Mémoire», y la imposibilidad de que sólo dos buzos pudieran rescatar toneladas de plata dentro de un pecio peligroso, me hicieron estar seguro al 99% de que se trataba de un asunto de droga.
No tuve demasiado tiempo para seguir ahondando en los detalles de las diferentes hipótesis. Los «cazatesoros de la ametralladora» llamaron para confirmar que yo era uno de los seleccionados y me emplazaron para partir a primera hora del día siguiente.
La breve llamada me provocó sentimientos encontrados. Por un lado, esperaba que contratasen a otro para no tener que decidir al respecto. Por otro lado, pensaba que, si tan sólo existiera una posibilidad, el intento valdría la pena, pero siempre tomando medidas de autoprotección. Una de esas medidas podría ser pedir a Françoise que me acompañara al barco para fotografiarlo y esperarme en el coche. Entonces darme tiempo para que yo consiguiera algún tipo de garantía una vez a bordo, algo que me tranquilizara antes de zarpar. No era mucho como plan B, pero no se me ocurría otra cosa. No necesito decir que a Françoise no le parecía una buena idea y que mi decisión de aceptar el trabajo le confirmaba que yo era bastante inmaduro, soñador y confiado.
Con las primeras luces salimos Françoise y yo hacia el puerto. Sólo me llevé una mochila pequeña con casi nada, pues me habían dicho que en el «Mémoire» había ropa de trabajo y neoprenos de varias tallas. Recorrimos los muelles (que a esa hora parecían despertarse poco a poco) y pasamos frente a las referencias que recordábamos desde la visita anterior. El barco colombiano seguía igual de inmóvil y el motovelero en seco igual de triste sin su hélice… Llegamos por fin a un muelle muy parecido al que recordábamos pero que estaba vacío, viudo de buque. Retrocedimos un poco pensando que nos habíamos equivocado de punto de amarre, pero no, era el mismo lugar sin duda, frente a un viejo almacén decorado con unos grafitis cutres, imposibles de olvidar.

No tardé en encontrar a alguien a quien preguntar, un estibador del muelle. El hombre, para asegurarse a su vez, preguntó a un muchacho que estaba pintando el puente de un pequeño pesquero amarrado a poca distancia. En efecto, el «Mémoire» había zarpado la noche anterior y nadie sabía hacia dónde o por qué.
Nunca me molesté en buscar información sobre el barco: Google aún no existía, pero el tiempo reforzó mi convicción de que aquello era un asunto de drogas. Y si eso era así, las probabilidades de que nos hubieran pagado por nuestro trabajo eran muy escasas. Más bien, era sumamente probable que no nos hubieran permitido salir con vida de la aventura tras subir el alijo. Lo último que quiere hacer un narco es gastarse los cuartos dándole una fortuna a un posible testigo vivo.
Pocas cosas más sencillas hay que deshacerse de un cadáver en alta mar. Basta con navegar hasta salir de la plataforma continental, o llegar a un lugar profundo con arrecifes y rocas que impidan la pesca con redes de arrastre. Es un hecho conocido que muchos cadáveres se localizan de forma fortuita con este arte de pesca. Luego, asegurarse de que el cuerpo no lleva el neopreno puesto (mejor desnudo para facilitar la digestión a los peces), pinchar al sujeto profusamente en abdomen y tórax, ponerle un cinturón con muchos plomos en la cintura y lanzarlo al mar, sin más ceremonias, o poniendo en un “cassette” el réquiem de Mozart (opcional).
Resulta curioso que, en cuarenta y muchos años, apenas haya pensado en aquella «casi» aventura y que, por eso, algunos detalles como el nombre del barco (si es que alguna vez lo supe) se me hayan olvidado. Creo, sin embargo, haber recordado lo sustancial, aunque ahora, al revivirlo, me parezca más un sueño que una realidad. Sueño o realidad que, afortunadamente, puedo contar en primera persona.
Y una pequeña reflexión: no sé cuántas vidas tendría que vivir de nuevo para que algo parecido me sucediera otra vez.
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