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27 de agosto de 2017

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No recuerdo el aroma de los membrillos entre las ropas, ni bajo las sábanas o las toallas, ni el rodar de frutas maduras en los cajones, ni en las despensas. La casa de mis abuelos nunca olía a membrillo, y si alguna vez lo hizo se ha perdido entre el barullo de mis tufillos. Pero hay a quien la fragancia de esta fruta otoñal le deja sumido en una profunda añoranza que va más allá de la memoria y se aloja en el centro mismo del occipucio, o más adentro, donde dicen que se ubica el alma. Es curioso que a ninguna marca de suavizante se le haya ocurrido la feliz idea, o quizás es que ya es tan lejana en el pasado que se les tomaría por locos. Pero sí que hubo un tiempo en el que se perfumaba la casa con esas peras peludas y contrahechas que maduraban por San Martín, el del veranillo tardío, el calor del membrillo.

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