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7 de enero de 2015
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Según la primera Ley de Newton,
si lanzamos un cuerpo tenderá a moverse
en línea recta y a la misma velocidad,
siempre que ninguna fuerza actúe sobre él.
Es decir que si lanzamos una piedra con fuerza, esta inevitablemente tenderá a alejarse de nosotros hasta que la gravedad la haga caer. Aunque la teoría de la relatividad corrige el enunciado y nos dice que todo dependerá del propio movimiento del observador; vamos a suponer que estamos quietos con respecto al cuerpo. Pero para liarlo más, la física cuántica añade que cualquier suceso tiene una probabilidad de que suceda, por infinitamente pequeña que esta sea. Es decir, es posible que al lanzar un objeto contra un blanco este interrumpa su movimiento, tome la dirección contraria y nos dé un golpe en toda la cara. Pedrada. Sorpresa. Posible y probable no es lo mismo, pero a veces se confunden. La física es ciencia y para que lo sea tiene que ser totalmente reproducible.
Todo esto me vino a la cabeza al acordarme de un poema de Yannis Ritsos,
uno de los grandes poetas griegos del siglo XX y quizás uno de los más carismáticos y prolíficos; Epitafio.
Era el año 36, bajo la dictadura de Metaxas, a primeros de mayo las huelgas se sucedían en las principales ciudades de Grecia y concretamente en Salónica la policía cargó con dureza contra los manifestantes, dejando numerosos muertos y heridos, entre ellos el cadáver de Tasos Tousis. El obturador de la cámara capta el instante dramático de la madre que descubre al hijo inmóvil y se lamenta a gritos intentando buscar una explicación en la mirada de los viandantes. Al día siguiente aparece impresa en la revista Ριζοσπάστης. La fotografía no necesitaba palabras, pero Ritsos se queda conmovido, se encierra en su casa y escribe unos sus poemas más famosos y trágicos.
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