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Hay quien dedica sus vacaciones
a visitar monumentos prodigiosos,
lugares patrimonio de la humanidad,
museos llenos de arte y gloria
a partes iguales,
maravillas de la naturaleza,
discotecas abiertas hasta el amanecer
o playas paradisíacas bañadas por aguas cristalinas.
Todo eso está muy bien, pero carece del encanto
de un balneario soviético semiderruido y comido por el óxido
a las afueras de un pueblo georgiano de siete mil habitantes.
Así que allí nos dirigimos, a las ruinas
de Tskaltubo, el spa de Stalin.
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2025/03/17/
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