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Verá usted, Werner

era un inmigrante alemán.

Probablemente, si usted

sólo recuerda cómo es la cosa

desde que este bendito país

entró en la Unión Europea,

quizá piense que eso

es «bufar i fer ampolles».

Pues no. En absoluto. Aún hoy,

sigue sin ser verdaderamente fácil.

En los «felices setenta»,

un inmigrante alemán era

sólo un extranjero sin papeles.

Werner no tenía, por ejemplo,

permiso de trabajo.

La autorización de residencia no se la daban simplemente mostrando el pasaporte alemán. El procedimiento era bastante complicado,

y era temporal: tenía que renovarla cuando le llegaba la caducidad, y tenía que presentar casi tantos papeles como para la primera solicitud.

Tal vez hubiera hecho los trámites para la nacionalidad si la situación de los residentes comunitarios no se hubiera descomplicado,

pero no creo que un papel más o menos fuera a influir lo más mínimo en su forma de ser, y de estar en el mundo.

Para bien y para mal, era «Prusario», tenía unos valores personales que había adquirido en su país de origen, Alemania,

y eso le imponía unos deberes que, en el contexto de aquí, le daban muy pocos derechos. Por ejemplo, no tenía voto en nada.

Que yo sepa, Werner siempre  fue autónomo, siempre trabajó por cuenta propia y nunca tuvo prestaciones por desempleo.

Trabajando mucho, consiguió una casa para vivir, una fábrica para elaborar sus especialidades, una tienda para venderlas,

una furgoneta para repartirlas… Que yo sepa, nunca solicitó subvenciones. Sólo créditos bancarios, pagando intereses.

Ahora se habla muy a la ligera de la inmigración y de los inmigrantes. Hace cuarenta años, lo que había aquí era emigración.

Mucha gente cruzaba varias fronteras para llegar, por ejemplo, hasta Alemania, a ser «Gastarbeiter»: trabajador «invitado».

Werner hizo el mismo camino, cambiando el punto de origen, y no venía de vacaciones. Aquí, nadie le puso las cosas fáciles.

Es importante recordar cómo funcionábamos hace no tanto tiempo. Los movimientos migratorios han existido siempre,

y los políticos de ahora, que me parecen bastante menos competentes que los de antes, están haciendo campañas

de «polarización» sobre los problemas que -inevitablemente- crean, tanto en los países de origen como en los de destino.

He pensado más de una vez sobre todo eso. La trayectoria vital de Werner es un buen caso para un estudio práctico.

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