Imagen: Google Maps

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Werner

usaba una furgoneta

para repartir los maravillosos

embutidos artesanos que hacía

en su fábrica, cerca de Can Marsà.

Como es natural, vigilaba mucho

los puntos del permiso de conducir,

y yo también, por razones similares.

Alguna vez, después de cenar con

el grupo de amigos que compartíamos,

le había llevado a su casa.

En cierta ocasión nos paró

la Guardia Civil en un cruce.

Detuve mi Lada Niva y se me acercó

un guardia que traía algo en la mano.

– Buenas noches, caballero. Tenemos

que hacerle un control de alcoholemia.

Como era la primera vez en la vida

que me hacían soplar, voy y le pregunto:

– ¿A quién, a mí?

– Hombre, no va a ser a este señor.

Werner, que iba de «copiloto», dijo:

– Seguramente yo marcaría…

Y yo:

– No he bebido nada.

Total que le puse la boquilla, soplé…

Bizqueando, miraba las cifras…

Cero, cero.

– Ya le dije que no había bebido nada.

– Sí, pero es lo que dicen todos. Puede seguir.

– Gracias, buenas noches, y buen servicio.

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Esta fue mi primera experiencia

con el alcoholímetro. Hay otra versión

de este relato en el site antiguo. Omití

el detalle irrelevante de que no iba solo.

Ahora

las cosas han cambiado:

es mucho más importante

que fuera uno de los momentos

que compartí con Werner,

que vivirá en mi recuerdo

mientras yo tenga memoria.

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