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10 de Enero de 2024

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Disfrutar de la incertidumbre no es una mala forma de enfrentar la vida y sus sorpresas, especialmente cuando el azar, la necesidad y las propias limitaciones se empeñan en que acabes teniendo más de veinte trabajos en tu currículum y que a los setenta te sigas preguntando qué vas a ser de mayor. Cuando alguien quiere saber a qué me dedicaba cuando aún tenía vida laboral no sé­ que contestarle porque algunos de los trabajos que he desempeñado, sea por irrelevantes, por breves, o por desagradables, ni siquiera los recuerdo sin realizar un serio ejercicio de memoria. Pero a modo de resumen puedo mencionar las profesiones que han ejercido más influencia en mi carácter o las que me hacen sentir cierta nostalgia, y entre ellas una destaca sobre las demás: buceador.

El buceo profesional, para cuyo aprendizaje realicé varios cursos en la Escuela de Náutica de Alicante, sin duda marcó una etapa de mi vida y dejó una huella imborrable en esa parte de los recuerdos que la memoria tiende a convertir en un amable parque temático. Curiosamente, esta profesión a la que dediqué bastante esfuerzo de formación, la practiqué apenas durante seis años, de los veinticuatro a los treinta. Tras dejar el buceo me dediqué a otras cosas y durante treinta y ocho años no me calcé unas aletas ni me puse un neopreno, mientras la profesión, con el tiempo, se convirtió en un recuerdo agradable y nostálgico de la juventud. A menudo les contaba a mis dos retoños, convenientemente embellecidas, algunas anécdotas vividas en el fondo del mar y en algún río o pantano.

Mi niña, Susan Atenea, creció escuchando mis batallitas de buceo, pero sin verme nunca con un neopreno puesto. Pasaron los años, Atenea estudió Derecho y decidió irse a vivir a Bali para trabajar online en lo suyo, desde alguna casita cerca de la playa. Un día me comunicó que había realizado un cursillo de buceo deportivo con botellas, que había obtenido su licencia «Open Water», y que yo ya no tenía excusa para no ir a bucear con ella. Me sedujo zalameramente con la descripción de los fondos y la fauna local, y no me pude negar a pesar de que habían pasado treinta y ocho años desde mi última inmersión, a la edad de treinta. Pero cuando se acercó el momento de la verdad me asaltaron varias dudas: ¿qué pasa si no me siento a gusto en el agua? Ya no tengo ni la agilidad ni la fuerza de los veinte o treinta años; a pesar de la artrosis, el sobrepeso y viejas lesiones en ligamentos de tobillo, rodilla y hombro mi forma física es aceptable, pero no es para echar cohetes. Y por nada del mundo quería quedar como una patata de sofá delante de mi niña. Recordaba que cuando era joven trabajaba cada día a 52 metros de profundidad en lugares como Libia y que en el agua me sentía realmente cómodo; sólo por placer, al zambullirme me dejaba caer hasta el fondo sin parar ni un segundo, en la postura de los paracaidistas en estilo libre, disfrutando del placer de la caída en aquellas aguas límpidas. Durante el descenso no necesitaba apenas mover las piernas o dirigir mi trayectoria, era una sensación espléndida de libertad. Las herramientas que cargaba, además de los plomos, me permitían descender a buena velocidad, siendo mi única preocupación compensar adecuadamente la presión de mis oídos. Sin embargo, yo sabía que bucear a mi edad y completamente desentrenado no iba a ser así de fácil (yo no soy Leni Riefensthal, que descubrió el buceo ¡a los setenta y cinco!).

 

La sensación de volver a bucear después de treinta y ocho años
es impagable, especialmente en un mar tropical.

 

Susan Atenea había reservado una jornada de inmersiones con una de las numerosas compañías de buceo de la zona de Bali. La idea era bucear juntos y ver mantarrayas, pero yo decidí hacer una inmersión antes por mi cuenta, para poder entrar en el agua con mi hija sintiéndome ya más cómodo y ambientado. Con ese propósito le pedí prestada la moto y me fui al pueblo de Ahmed, a un par de horas más al norte, en la isla de Bali. Buscando en Google Maps descubrí un club y escuela de buceo llamado «La Vida Loca» regentado ¡cómo no! por un español con el que rápidamente hice buenas migas y quedé para una inmersión con él y otros dos turistas. Cuando me pidió la licencia deportiva para el buceo y le enseñé el carnet profesional de primera clase y el de buzo con escafandra se quedó muy impresionado, por lo que me apresuré a explicarle que con la falta de práctica y mi edad, era mejor que me considerara y me tratara como un vejete principiante. Y menos mal que adopté una actitud humilde, porque pronto me di cuenta de lo desentrenado y anticuado que estaba, y lo necesario que era el trabajo de mi guía. Cuando yo buceaba, en los años ochenta, no se usaban ordenadores de buceo; de hecho, no creo ni que existieran. El buceador, cuando era posible, planificaba su inmersión en base a la profundidad y la duración prevista usando unas tablas de descompresión, el reloj y el profundímetro, pero actualmente se utilizan ordenadores de pulsera que hacen todos los cálculos por ti.

La entrada en el agua fue una verdadera bofetada para mi autoestima, pues se realizaba caminando desde la playa y había bastante oleaje, de forma que me sentí tremendamente incómodo, torpe y viejo los primeros minutos; en mi mente, de forma machacona, aparecía el viejo refrán: «De los cuarenta p’arriba no te mojes la barriga» y yo ya había cumplido ¡sesenta y nueve! Eso, unido a que la visibilidad era bastante mediocre por culpa de las olas y la lluvia reciente, me hizo sentir tan fuera de lugar como un cantante de reguetón en una biblioteca. Otro problema que no había previsto es el de las lentes progresivas que necesito en la vida diaria, pues sin ellas no podía ver el ordenador de buceo, de forma que no me quedó más remedio que quedarme pegado a mi amable guía y confiar en su ordenador, evitando ir a más profundidad que él para no entrar en tiempo de descompresión, algo que en este tipo de buceo sencillo y recreativo se intenta evitar.

 

La conocida como «almeja eléctrica», Ctenoides ales,
es en realidad fosforescente. Pecio del «Liberty», en Bali.

 

El lugar elegido para mi segundo «bautismo» es todo un clásico del buceo en Bali. Se trata del pecio de un carguero norteamericano torpedeado durante la Segunda Guerra Mundial. El «Liberty», o lo que queda de él, tuvo una vida movidita. Un torpedo japonés le abrió una vía de agua incompatible con una aplicación útil del principio de Arquímedes, de modo que el capitán decidió vararlo en la playa antes de que se hundiera del todo. Y así quedó durante décadas; su carga fue recuperada y todo lo que quedó después fue expoliado con los años. Pero el pecio, embarrancado y parcialmente sumergido, decidió zarpar de nuevo, pero esta vez hacia el fondo: hace décadas un terremoto agitó la zona de tal manera que lo movió hasta desplazarlo hacia aguas bastante más profundas. El pecio pronto se convirtió en un maravilloso arrecife, lleno de recovecos y hierros retorcidos, difícilmente reconocibles, pero cubiertos de vida. Y aunque actualmente recibe una cantidad enorme de buceadores visitantes, el lugar es verdaderamente mágico y lleno de foto-oportunidades. Con una cámara prestada y aprovechando la luz de los focos de un compañero de inmersión, pude hacer alguna fotografía y video interesantes, pero lo más importante es que esa primera inmersión fue un perfecto entrenamiento para la aventura importante, la que iba a realizar con mi hija.

Un par de días después, Atenea y yo estábamos a bordo de un barquito de otra compañía de buceo, en dirección a la minúscula isla de Nusa Penida, muy cerca de Bali. El barquito, que podía acomodar un buen puñado de buceadores con todo su equipo, era bastante rápido gracias a sus tres fueraborda y en un par de horas llegó al famoso punto donde se pueden observar mantarrayas. Nuestro grupo, formado por seis o siete buceadores y dos guías, saltó al agua, y nuestro bote se retiró inmediatamente a una distancia prudencial, como medida de seguridad, debido a la presencia de otros buceadores. Tras separarnos en dos grupos descendimos y comenzamos a explorar la zona con la esperanza de ver mantas, sabiendo que la pequeña meseta submarina sobre la que nos desplazábamos, a unos 17 metros de profundidad, era considerada por estos enormes peces como una estación de servicio donde pececillos especializados se dedicaban a limpiarlas y desparasitarlas. Durante los primeros minutos no vimos nada interesante, mientras movíamos las aletas con fuerza para luchar contra la corriente. La mayor parte de las siluetas que percibíamos aquí y allá, en la borrosa y azul distancia, resultaban ser buceadores de otros grupos. Cuando me di cuenta de que éramos docenas de turistas húmedos los que pululábamos por esa zona, de apenas un par de hectáreas, me pregunté si esa mañana correspondía al día libre de las rayas o si una cantidad tan grande de buzos, «buzas» y «bucitos» no habría ahuyentado a la población local, porque pasaba el tiempo y las mantas no aparecían. Pero mientras yo estaba admirando una pareja de pequeños tiburones escondidos bajo una gran roca, noto que alguien me tira de una aleta para llamar mi atención. Atenea, con una sonrisa que casi le hacia tragar agua por culpa de la boquilla del regulador, señala hacia un lado con gestos elocuentes.

Saliendo del azul y gris de la relativa lejanía (bajo el agua veinte metros parece mucha distancia) un animal lento y majestuoso viene directamente hacia nosotros. No está nadando, vuela dentro del agua, y a medida que se acerca nos damos cuenta de lo enorme que es, con una envergadura muy superior a los dos metros. Siguiendo las instrucciones previas de nuestros guías, no nos interponemos en su camino. De repente cuando está a un par de pasos (o de aleteos) de nosotros, nos evita virando hacia arriba en ángulo recto, con tranquilidad pero sin dudar y ofrece a nuestra vista su enorme vientre blanco y plano con manchas negras perfectamente dibujadas. Le siguen varios ejemplares, algunos incluso más grandes, y todos nos esquivan con elegancia virando en una u otra dirección. Es evidente que las manchas de la panza son diferentes en cada animal y que servirían para identificarlos tan eficazmente como una huella dactilar.

 

Manta Point, Nusa Penida, Indonesia.
Uno de los lugares de buceo más populares de la región.
A la izquierda de la foto el autor de estas líneas.

 

Durante un buen rato nos desplazamos despacio entre los distintos grupos de buceadores y de mantas, unos más espaciados que otros. El espectáculo es sorprendentemente relajante, a pesar de la adrenalina que la contemplación de la vida salvaje suele producir. Intercambio varias miradas cómplices con mi hija mientras hacemos el signo de OK con el pulgar y el indice, aunque pronto cambiamos al signo de pulgar y meñique estirados girando la muñeca en el sentido de las agujas del reloj y al revés, en rápida sucesión, como hace la juventud de medio mundo.

Atenea se había salido con la suya, a sus treinta y pocos años había, por fin, buceado con su viejo «papi», el que nunca dejó ser buzo de corazón; además ir al agua juntos era algo que nos había ilusionado durante años. Tan pronto como nos desembarazamos del equipo en el barquito, mientras bebíamos el té que la tripulación nos ofreció, los dos admitimos que la ocasión había sido muy especial y que, curiosamente, a los dos se nos había metido algo en el ojo. Tras esta experiencia maravillosa, y teniendo en cuenta mi edad, yo ya estaba resignado a que aquella inmersión fuera la última de mi vida, así que me consideré muy afortunado por haberlo podido hacer con Susan Atenea.

 

Epílogo

Un año después «la Niña» me manda un vídeo suyo realmente espectacular buceando a pulmón entre tiburones ballena.

 

Susan Atenea maravillada ante un tiburón ballena.

 

Con este tipo de provocación está claro que mi inmersión con las mantas no va a ser la última. El billete de avión ya está comprado.

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