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En una colección de engendros

que hayan surcado los mares,

o de navíos extraños

si se quiere ser más amable,

no hay duda de que los barcos circulares

ideados por el almirante ruso Popov

ocuparían un lugar destacado.

La idea no era mala del todo, sobre todo teniendo en cuenta la situación, pero por desgracia no fue una solución muy práctica. Viajemos al Mar Negro después de la guerra de Crimea. Los términos del tratado firmado en París en 1856, que puso fin al conflicto, no dejaban a Rusia mucho margen de maniobra en cuanto a su marina de guerra. En concreto, se prohibía a Rusia la navegación por este mar empleando grandes buques de guerra, lo que obligó a los rusos a agudizar el ingenio para patrullar su costa. La solución que se le ocurrió a Andrei Alexandrovich Popov, encargado de la tarea de reactivar la flota rusa, fue la de crear un nuevo tipo de nave. Si sólo se podía patrullar por áreas costeras y por ríos, lo mejor sería construir cañoneras capaces de maniobrar en aguas poco profundas. Y, de ahí, nacieron las conocidas como popoffkas, unos de los barcos más raros jamás vistos.

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