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En la Escuela de Náutica de Alicante,

a donde llegué decidido

a convertirme

en buceador profesional,

me esperaba un jarro de agua fría.

El período de admisión para las pruebas de selección se había cerrado unos días antes y había ya más de 100 hombres inscritos (faltaban años aún para que las mujeres tuvieran esa oportunidad), para acceder a las 16 plazas de buceador restringido que la Escuela ofertaba cada año. Sin duda pillé a la administrativa de buen humor aquel día, porque finalmente pude convencerla de que hablara con su jefe y me apuntaran en la lista, ya que venía de tan lejos, habiendo recorrido parte de Marruecos en auto-stop, y afirmaba, con mirada de corderito, que estaba agotado. Tras conseguir inscribirme para las pruebas de selección pude volver a Barcelona a descansar unos días.

A las pruebas nos presentamos un buen puñado de jóvenes de varias partes de España, todos sanos y razonablemente fuertes; algunos, incluso, buenos deportistas. Había estudiantes, trabajadores de todo tipo, algún ingeniero, un biólogo y un bombero de Barcelona. El bombero, Jordi, era tan bajito como yo, pero estaba en la espléndida forma física que se presupone en un bombero joven. Sin embargo, el que suscribe estaba entre los menos deportistas, pues apenas practicaba escalada y algo de espeleología.

Durante tres días nos sometieron a pruebas médicas y deportivas y exámenes escritos sobre física, mecánica e inglés. El último día de pruebas tuvimos que cruzar nadando una rada del puerto de Alicante, en un trayecto de unos doscientos metros en cada sentido. Yo, que era el peor nadador, llegué el último, tragando agua aromatizada con gasóleo, y por encima del tiempo máximo permitido, con lo cual uno de los monitores me anticipó que, seguramente, quedaría automáticamente eliminado en esta fase.

Cuando explico a la gente que yo nado tan mal se maravillan de que haya podido trabajar de buceador y es en ese momento cuando saco a pasear uno de mi chistes clásicos: “Claro, por eso he de bucear, siempre me hundo”. Pero lo cierto es que, con unas aletas de buceo, podía hacer kilómetros de distancia y me desenvolvía muy bien en el agua.

Cuando los monitores me explicaron que había sobrepasado el tiempo máximo en la prueba de natación y que por eso me iban a eliminar, pedí ver los resultados de las otras pruebas físicas, y comprobé con sorpresa que en 100 metros lisos y en salto de altura (a pesar de mis pies planos y mi corta estatura), estaba entre los 3 primeros. Con estos datos y un poco de persuasión convencí a los monitores para que consideraran con benevolencia mi vergonzoso récord acuático y pude así pasar la selección.

A una parte de los 16 seleccionados se les ofreció alojamiento y comida en la residencia de estudiantes de la Escuela de Náutica. A los que preferimos buscar alojamiento por nuestra cuenta se nos dio una pequeña beca que no cubría ni la comida de una semana, pero que era bastante más que nada. Llenos de ilusión y dispuestos a comernos el mundo y rebañar el plato, varios compañeros alquilamos un piso modestísimo, apenas amueblado, en el barrio viejo de Alicante.

Las mañanas en el curso se dedicaban al agua, y las tardes a las clases teóricas en un aula. Empezamos, como si fuéramos niños, en la piscina. Allí aprendimos a ponernos y quitarnos el equipo debajo del agua y a respirar dos, tres, incluso cuatro alumnos, de una botella con un solo regulador. Los monitores, continuamente, se sumergían para hacernos pequeñas putaditas, como arrancarnos la máscara de un tortazo o cerrar la grifería de las botellas para dejarnos sin aire. La idea era acostumbrarnos a los problemas debajo del agua antes de sacarnos a la mar.

Si bien la formación que recibíamos era muy técnica y profesional, el formato y el estilo de comunicar dichas técnicas resultaban muy militares: la escuela la creó el alférez de navío Juan Ivars Perelló, que había sido uno de los buceadores más destacados de la Armada y de España.

El piso lo compartía con un biólogo vasco, un gallego de familia rica y un argentino casi cuarentón: orígenes diversos, pero todos unidos en nuestro amor por la mar y la aventura y nuestro minimalismo financiero. Seguíamos un estricto plan de economía doméstica, con el único propósito de no tener que comernos a ninguno de nosotros a final de mes. Ya que el canibalismo no era una opción, dedicábamos parte de nuestro tiempo a hacer la compra de los productos más baratos que pudiéramos encontrar, y en los lugares más económicos. Descubrimos que las acelgas con patatas y el hígado frito no eran caros, combinaban estupendamente y resultaban bastante apetitosos… los primeros diez días. También aprendimos un truco de algunos jubilados, consistente en ir al puerto pesquero a pedir en los barcos morralla o pescado cuyo aspecto lo hacía no apto para la lonja. Cuando les decíamos que éramos estudiantes en la Escuela de Náutica, los pescadores no tenían inconveniente en darnos buenos puñados de boquerones o de morralla, que el biólogo vasco, cocinero más que digno, como todos los hijos de Euskadi, se encargaba de transformar en algo apetitoso.

Cierto día estaba limpiando un buen montón de boquerones con el biólogo y se me ocurrió preguntarle por el nombre científico de tan sabroso bicho. Engraulis encrasicolus, respondió sin pestañear. Le pedí que me lo repitiera, lo hizo: ¿engra qué? ¿engra no sé qué del colus? ¡Encrasicolus, pesao!… ah, claro… fácil. Seguro que el biólogo todavía se acordará de aquella anécdota de los Engraulis. Juro por todos los Dioses del Olimpo, según se sube a mano derecha, que aquella tarde aprendí el nombre científico del pescadito de marras, y que 44 años después aún sigo recordándolo.

La piscina pronto dejó de ser nuestro lugar de prácticas y por fin llegó la gloriosa mañana en la que salimos a la mar por primera vez. La Escuela de Náutica contaba con un barquito reciclado de la compañía Trasmediterránea, un bote salvavidas clásico abierto, muy marinero y dotado de un buen motor diésel, capaz de llevar cómodamente a una veintena de personas y sus equipos de buceo (creo que estaban diseñados para acoger a cincuenta personas o más).

No tengo palabras para expresar la ilusión que sentimos en aquellos momentos, mientras nos dirigíamos a las aguas abiertas, fuera del puerto, embutidos en los neoprenos negros (de aire militar) que eran el estándar en aquella época.

Pronto aquellas salidas se convirtieron en rutina, aunque llegados al lugar donde fondeábamos el ancla, a unos 10 metros de profundidad, todo eran pruebas y ejercicios nuevos y la rutina desaparecía de golpe. Una de las pruebas a las que pronto nos sometieron consistía en tirar al agua todo el equipo básico de buceo: mascarilla, aletas, cinturón con plomos, botellas de aire con su regulador ya puesto y la grifería cerrada.

Cuando todo el equipo llegaba al fondo el aspirante se echaba al agua, con sólo el bañador puesto, y tenía que bucear hasta recuperar todo el material y subir a la superficie perfectamente equipado. La técnica consistía en buscar con los ojos abiertos las botellas de aire, llegar a ellas, abrir la grifería, ponerse la boquilla y respirar, ponerse las botellas en la espalda, bien sujetas con sus correas, y a continuación buscar el cinturón con los plomos y ponérselo. Una vez estabilizado y lastrado, más o menos arrastrándose por el fondo, había que buscar las gafas, encontrarlas, ponérselas, expulsar el agua del interior soplando por la nariz, y con la visión mejorada que proporcionan las gafas, buscar las aletas que suelen caer más lejos que el resto del equipo. Una vez encontradas era cuestión de calzárselas y subir pitando a la superficie, porque en la escuela todo se cronometraba.

Otras veces nos explicaban, por medio de un croquis, qué montaje o instalación teníamos que realizar en el fondo, nos daban un cubo que contenía conexiones, juntas de goma, trozos de tubo y válvulas, un par de llaves inglesas y poco más… y prácticamente nos tiraban al mar con el cubo en la mano y expresión preocupada. Teníamos que volver a la superficie en pocos minutos con el montaje ya hecho. Otros ejercicios los hacíamos en el fondo del mismo muelle, situado al lado del edificio de la Escuela. Y podían ser prácticas como acoplar conexiones de tubos o serrar hierro o madera bajo el agua. La soldadura era una especialidad que se aprendía en un curso específico.

Debajo del agua todo es más difícil por las características propias del medio, pero además el buceador es más torpe mentalmente que en tierra, sobre todo si el agua está fresquita. Una de las pruebas a las que nos sometieron, para evaluar nuestra habilidad, era algo relativamente sencillo en tierra, pero debajo del agua se convertía en un asunto completamente diferente: Te proporcionan una cinta métrica, un lápiz graso, un martillo, un escoplo y una tabla de madera de un palmo aproximadamente. Te tiras al agua equipado y tras estabilizarte en el fondo, con todo lo anterior, tienes que hacer un agujero rectangular de unas medidas determinadas en el centro exacto de la madera. ¿Por dónde empiezas? En el fondo del puerto, a unos siete metros de profundidad sólo hay barro, algún cable viejo, otros materiales de desecho y piedras. En cuanto llegas al fondo, con las aletas levantas una nube de fango que reduce aún más la visibilidad. Te das cuenta de que para medir el rectángulo necesitas las dos manos y has de dejar el formón y el martillo en el barro del fondo, tratando de no perderlos. Tomas las medidas y con el lápiz graso dibujas la silueta del rectángulo, que apenas puedes ver en el agua turbia. Después de eso, solo tienes que coger el formón con una mano, el martillo con la otra, y con la tercera mano, (si la tienes), apoyar la madera contra la pared vertical del muelle de cemento y comenzar a golpear. Como seguramente carecerás de una tercera mano (luego dicen que la naturaleza es sabia) tendrás que arrodillarte en el fondo, apoyar la madera sobre una roca, si la hay, sujetarla con las rodillas y comenzar a golpear el formón con el martillo.

Pero ahí es cuando te das cuenta de que no vas lo suficientemente lastrado, comienzas a flotar contra tu voluntad y al mover las piernas para equilibrarte se te escapa la puñetera madera que flota rápidamente hasta la superficie. Subes avergonzado a por ella, y te recibe en el muelle la sonrisa irónica del monitor, que toma nota del fallo en su fatídica libreta. Vuelves abajo estresado porque el tiempo se te escapa (como la maderita). Consigues estabilizarte en el fondo, aunque no sabes cómo, te pones a cincelar el hueco en la madera hasta que el formón la traspasa, pero se queda clavado asomando por el otro lado y no quiere salir. Con la prisa y el estrés no se te ocurre nada mejor que golpear la punta del formón con la mano abierta, para sacarlo, y te haces un corte en la palma de los que necesitan cinco puntos de sutura. Observas con estupor como la sangre color azul oscuro, por la profundidad, sale de tu mano, y no te puedes creer lo burro que eres. Ante ti aparece una vívida escena en la que alguien te lleva al hospital a que te cosan, y te ves expulsado del curso al día siguiente.

Reaccioné por fin, y conseguí sacar el formón golpeándolo contra la piedra del muelle. Con la mano herida apreté el cincel con fuerza, lo cual mantuvo la herida cerrada, y me puse a golpearlo como un poseso con el martillo hasta que pude abrir la “ventanita” en la tablilla de madera. Subí a la superficie con la mano bien cerrada, para no sangrar y evitar que los monitores se percataran de nada, y entregué la madera con su abertura rectangular terminada. Después de la ducha conseguí esparadrapo y cerré el corte, de forma que nadie se dio cuenta. Aquella tarde no hubo clase, y por ello ningún monitor o profesor se percató de mi corte, pues empezaba un puente de tres o cuatro días, tiempo suficiente para cerrar un corte limpio como era aquel. Y puedo asegurar que el corte era limpio: yo mismo había afilado antes el formón con verdadero cariño. Actualmente el corte en la palma de mi mano izquierda me recuerda la anécdota y me hace pensar que si una gitana me quisiera leer el futuro en las líneas de la mano, le tendría que ofrecer la otra, porque en la izquierda vería interferencias y se haría un lío.

Un viernes, don Ramón, uno de nuestros profesores, sargento de la Armada,áspero aunque simpático, decidió premiarnos con alguna actividad agradable y condujo el bote hasta una zona de fondo rocoso y poca profundidad. Aquel día nos mandó a todos al agua sin botellas de aire, con el encargo de pescar con nuestra mano todos los pulpos grandes que pudiéramos. Animados por la novedad nos pusimos a rastrear el fondo tratando de pillar unos cuantos cefalópodos que, especialmente para los que vivíamos tan espartanamente en el piso compartido, podían contribuir significativamente a nuestra cuota semanal de proteína.

Tras ignorar algún pulpo demasiado pequeño, observé que en una cuevecita aparentemente poco profunda, un pulpo parecía observarme, protegido por sus tentáculos recogidos delante de él como si fuera un buda con las piernas cruzadas. Fui directo hacia él para no darle tiempo a meterse más profundamente en la grieta, pero el animal se retiró con gran celeridad y en poco tiempo se quedó casi fuera de mi alcance, totalmente dentro de la cueva. Con el brazo extendido y mi cabeza dentro de la angosta grieta, apenas llegaba a él, aunque con los dedos podía notar su cuerpo musculoso y resbaladizo que intentaba escurrirse más hacia dentro; estaba claro que era grande y que no se iba a rendir.

El pulpo, por su parte, no tardó en alargar dos de sus tentáculos de forma que agarró fuertemente todo mi brazo hasta el hombro, como la hiedra se pega al tronco de un árbol, y con la punta de sus tentáculos tocándome la cara. Por un momento sentí miedo y me di cuenta de que en apnea, aunque sólo fuera a tres o cuatro metros de profundidad, aquella situación era potencialmente peligrosa. Me preguntaba si un pulpo de aquel tamaño, ileso y perfectamente trabado en la roca, podía mantener a un hombre bajo el agua a la fuerza. La verdad era que yo no tenía referentes fidedignos (sólo historias de pescadores) para saber si había casos de ahogamiento por culpa de un pulpo. Y mientras pensaba ya en usar la otra mano para coger el cuchillo y solventar una situación que se estaba haciendo incómoda por momentos, el pulpo echó mano a mis gafas tratando de arrancarlas de mi rostro.

Por un instante me debatí entre la duda de soltarme de un tirón, (si podía) con lo cual perdería al pulpo en cuanto yo subiera a respirar, o tratar de apurar los segundos de aire que me quedaban buscando sus órganos vitales a través de la cavidad paleal, el hueco abierto tras la cabeza que tienen los pulpos, como una capucha. La duda se esfumó cuando me imaginé al pobre animal preparado a la gallega, alimentando a todos los compañeros del piso.

Utilicé la mano con los dedos juntos, como la punta de una lanza y tras hurgar un poco di con esa cavidad del cuerpo del molusco que es una puerta abierta a sus órganos internos. En cuanto lo agarré por sus vísceras el pobre se rindió, se soltó de la roca y pude salir a la superficie con él. Por las caras y los gritos de los compañeros en el bote me di cuenta de que el ejemplar era más que respetable. En casa comprobamos que medía 97 centímetros de largo. No recuerdo los kilos pero nos dio para dos cenas a los compañeros de piso.

En el trayecto de vuelta don Ramón se burlaba de nosotros. “cómo se nota que no sois hombres de la mar, no habéis cogido ni siquiera un pulpo cada uno” y durante un rato, con su acento cartagenero se siguió cachondeando. En aquella época yo me ganaba la vida haciendo retratos al carbón. El sargento lo sabía, me llamaba “el pintor” y me tenía por un bohemio medio poeta y tirando a flojo. Al darse cuenta de que yo había capturado el pulpo más grande exclamó: “¡pijo! y el pintor, que ha cogido el pulpo más grande, seguro que no sabe ni cocinarlo”. Ante esta provocación, decidido a impresionarle y con mi mejor sonrisa le di un bocado a uno de los brazos de mi pulpo y me puse a masticar con expresión placentera mientras le respondía con la boca llena: “Es que en mi pueblo, don Ramón, nos comemos los pulpos crudos, que tienen más vitaminas”. La expresión de horror del buen sargento valió la pena. Tragué aquella masa con textura de goma sin dejar de sonreír, maravillándome de lo fácil que era impresionar (aunque fuera desagradablemente) a algunas personas. Faltaban todavía unos años para que el sushi o el sashimi se conocieran en España.

A lo largo de los años volví a la Escuela de Náutica de Alicante en cuatro ocasiones, para obtener diversas certificaciones, en cursos que duraban varias semanas. Hice el curso de segunda y luego el de primera clase, el de obras submarinas y el de buceo con escafandra clásica, que es una experiencia muy diferente del buceo con botellas y aletas.

La escafandra clásica ejercía sobre mí una fascinación que el tiempo no ha podido amortiguar. Seguramente, Julio Verne y sus Veinte mil leguas de viaje submarino han tenido parte de la culpa. Este tipo de buceo estaba desapareciendo de forma inexorable desde hacía muchos años y su uso ya era bastante residual. Hace décadas se podía aducir que eran buenos equipos para trabajos pesados en aguas frías, donde se camina por el fondo, muy lastrado, como en las obras portuarias; pero los equipos actuales permiten hacer lo mismo con más seguridad, confort y menor consumo de aire (o mezcla de gases).

Los que participamos en el curso de escafandra antigua, tanto profesores como alumnos, creo yo, lo hicimos por romanticismo y por amor a todo lo que nos hiciera creer que somos criaturas marinas. La enseñanza de la escafandra clásica se podría comparar a un bergantín haciendo de buque escuela en estos tiempos de propulsión a gas natural, diésel, eléctrica o nuclear. Todos sabíamos, sin embargo, que aquel curso quizás representaba una oportunidad única de experimentar la sensación de meterse dentro de un traje de lona impermeable cargando 80 ó 90 kilos de equipo y andar por el fondo del mar. Ninguna otra sensación es comparable: mantenerse seco dentro de la escafandra y el traje, depender completamente de la superficie y, por lo general, no tener que nadar.

Cuando bajas por la escala y el agua te llega a la cintura, notas la presión de una forma que nunca antes habías notado, y cuando te sumerges por completo el agua te aprieta tanto que has de regular la válvula de salida del aire para presurizar adecuadamente el traje. La válvula, situada en el casco, se acciona empujando con la cabeza, desde dentro, o apretando con la mano desde fuera. De este modo el traje se hincha un poco y deja de apretar demasiado. Tanto en el descenso como en el ascenso has de estar regulando todo el tiempo la válvula para mantener una flotabilidad ligeramente negativa, y eso lo haces mientras con una mano te sujetas a un cabo que te sirve de guía y ayuda. Al mismo tiempo tu ayudante desde el barco de apoyo te sujeta con otro cabo  que llevas atado al arnés.

Cuando llegas al fondo has de andar por el lecho marino, “a cámara lenta”, inclinado hacia adelante, como Scott en la Antártida luchando contra el viento; en definitiva, “no se nada nada”… Aunque el buzo clásico es pesado, algo torpe y su ingravidez es más que cuestionable, la sensación de depender de un tubo vital (el narguilé) por el que le llega el aire podría compararse a la del astronauta que necesita de su línea umbilical para todo: aire, comunicaciones… Honestamente, no puedo compararlo desde el punto de vista personal, porque “todavía” no he trabajado de astronauta, pero el hecho de que la NASA entrene a sus exploradores espaciales en una piscina es un dato sumamente revelador.

El buzo de escafandra utiliza una técnica, más que centenaria, que le obliga a depender del aire que le envían desde la superficie por medio de un tubo de goma. El buzo recibe aire abundante a presión y el sobrante lo deja escapar por la válvula del casco, con lo cual tiene siempre aire de sobras, sin problemas de CO2. Pero si deja salir demasiado aire pronto notará la presión del agua apretando su traje de lona impermeable (traje seco) y deberá cerrar un poco la válvula, para presurizar el traje y equilibrar presiones con el agua circundante.

La peligrosidad de estos equipos, y la variedad de desagradables accidentes que pueden producir, necesitaría varias páginas de explicaciones técnicas que no es el momento de desarrollar. Pero no puedo evitar mencionar algunos datos curiosos que el gran público desconoce: un buzo de escafandra clásica puede caer accidentalmente de un lugar a otro más profundo, y si el cambio de presión es demasiado brusco, por ejemplo de cinco a veinte metros, el buzo puede morir aplastado como una banana madura en las manos de un gorila. En esta fatal caída se doblaría la presión del agua sobre el cuerpo del buzo, pasando de 1,5 atmósferas a 3). Como resultado, las partes blandas del buzo, (vísceras y fluidos) pasarían de forma violenta a la única parte rígida del equipo, que es el casco, lo cual, seguramente, no es bueno para la salud. Ese tipo de accidentes se ha dado, por ejemplo, cuando un buzo que explora el casco de un barco hundido, se ha separado de la vertical del buque de apoyo desde donde se le suministra el aire. Si ese buzo, con manguera de sobra por estar lejos de su barco nodriza, se cae súbitamente por un costado del buque hundido y cambia de profundidad sin darle tiempo a compensar su flotabilidad con la válvula del casco, puede morir aplastado por la presión del agua. No hay que olvidar que el buzo normalmente “anda” por el fondo y va muy lastrado.

Otros accidentes se han producido cuando el traje se ha llenado demasiado de aire. Si eso sucede el buzo se puede convertir en una especie de globo, un monigote de piernas y brazos extendidos rígidamente en aspa, incapaz de doblar el brazo derecho para llegar a la válvula para expulsar aire del casco. El resultado entonces puede ser que al llegar a la superficie las costuras del traje revienten por la presión interior, el buzo se hunda a plomo con sus 90 kilos de lastre, y se ahogue (lo cual tampoco es bueno para la salud).

Además de estos accidentes tan brutales, exclusivos de la escafandra, el buzo clásico se enfrenta a los peligros de cualquier buceador, tanto si es autónomo (con botellas), como si lleva un casco moderno alimentado desde la superficie por medio de una manguera de aire o mezcla de gases. Peligros como cables que te pueden mutilar, bloques de hormigón de varias toneladas que en una obra te pueden caer encima, herramientas con las que te puedes herir, buques que te pueden aplastar contra el muelle, turbinas que te pueden absorber, compuertas de embalse que pueden ser trampas mortales, y un largo y escalofriante etcétera.

Aunque nunca trabajé con escafandra clásica, haber realizado aquel curso, seguramente de los últimos que se hayan hecho en España, lo considero un privilegio que me permite comprender un poco el esfuerzo físico y la sangre fría de esos buzos antiguos.

Tipos duros que trabajaron en aguas gélidas y turbias, en reparaciones, construcción, salvamento, recogiendo esponjas, rescatando cuerpos, a veces de sus propios compañeros, y muchas otras actividades. En épocas en las que se desconocían muchos de los principios de la descompresión y en las que muchos profesionales no llegaban a viejos. Mi homenaje y mi respeto a todos ellos.

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