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Fue un día largo,

como tantos

de los que

este oficio

te permite vivir.

Fue, también, un día anómalo, por todo el tiempo que tuve para pensar y la variedad de asuntos por la que discurrieron mis cavilaciones, con el fondo sonoro de los trenes que pasaban cada tanto por la vía férrea próxima a la comandancia. Siempre me gustó el ruido de los trenes, y siempre, quizá porque nunca me tocó habitar una, miré con simpatía esas casas que uno divisa al costado de la vía, y que imagina continuamente acompañadas por el estrépito de los convoyes. Sobre todo los nocturnos, los más odiosos para la gente normal, pero que son los más sugerentes para un tarado como yo. Incluso encontré algún momento para escuchar música mientras paseaba arriba y abajo a la puerta del edificio donde teníamos a los detenidos. Busqué en mi iPod la versión de Battiato de la canción de Gino Paoli que había oído días atrás. Una canción llevó a la otra y acabé escuchando L’animale:

Ma l’animale che mi porto dentro

non mi fa vivere felice mai.

Si porta tutto, anche il café,

mi rende schiavo delle mie passione.

No podía venir más a cuento de lo que me aguardaba aquella jornada: un grupo de hombres infelices y esclavos de sus pasiones, por obra y gracia de su animal particular. La canción me despertaba, además, otras evocaciones. Todos llevamos ese animal, que conduce a la perdición a quien vive a su dictado, y a descubrir y a vivir la pasión que lo sostiene todo a quien aprende a domeñarlo y convivir con él.

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