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Oviedo recuerda la llegada

del ferrocarril a la ciudad

como sentimientos ambivalentes.

Alegría, por un lado, porque le permite

acercarse a lugares lejanos, como Madrid;

y tristeza y desesperación,

porque con el tren se abate el mítico Carbayón,

el árbol secular y sagrado de la ciudad,

testigo de todos los acontecimientos históricos,

que da lugar al gentilicio oficioso de los oventenses,

llamados también carbayones por este mítico roble.

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