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Corre la segunda mitad del siglo XIX,

y el Gijón fabril, industrial y obrero crece sin cesar.

Elemento clave de este crecimiento

son las comunicaciones y el transporte,

y en este contexto nace la estación del Norte,

que transforma el entorno rural y tranquilo de El Natahoyo

en uno de los arrabales proletarios más relevantes de la ciudad.

La zona, limitada por el ferrocarril y el mar,

y vertebrada por la carretera de Candás

se convierte en lugar de asentamiento de numerosas industrias,

entre otras algunos de los astilleros más importantes del siglo XX español.

El ferrocarril permite la salida al mar de mercancías industriales,

y el tránsito de pasajeros por el eje central de Asturias,

desde Gijón a las cuencas mineras y viceversa.

En definitiva vertebra la vida, la economía,

los cambios sociales y la revolución industrial;

es un símbolo de progreso y conocimiento.

La idea original pasa por contribuir,

sobre todo, al desarrollo de la minería de carbón

y el transporte del mineral hasta alguno

de los puertos de la costa asturiana.

Y esa empresa solo resulta rentable

si se utiliza el ferrocarril.

El ferrocarril de Langreo es el primero en llegar.

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