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El tío Anselmo

fue amonestado

a las afueras de su pueblo,

al ser sorprendido

paseando solo

por el camino a la fuente

cuando iba a buscar espárragos

para cenar una tortilla con huevos del corral

recogidos esa misma mañana por su mujer.

Había una pandemia vírica,

y con el fin de no colapsar

el sistema de salud nacional,

el presidente

había decretado el estado de alarma en todo el país,

prohibiendo a la población salir de sus hogares

salvo para atender servicios esenciales,

para adquirir alimentos o medicamentos

o para ir a trabajar en las fábricas;

e ir a recolectar frutos silvestres,

no estaba entre las actividades esenciales.

En su pueblo, llevaban toda la vida, desde mucho antes de la revolución industrial, saliendo a buscar espárragos, setas, moras, cardo, berros, caracoles, cangrejos y todo aquello que ofrecía el campo en cada momento del año. Salvo que se pudiese conservar o guardar, como las hierbas aromáticas o medicinales, lo que se recogía se consumía en el día. Casi siempre se salía solo, salvo para cortar y bajar la leña, que solía irse acompañado. Ahora era temporada de espárragos, y muy buena.

Anselmo se puso a discutir con los agentes, que poco sabían de campo, de lo absurdo que le parecía la prohibición de salir a buscar unos espárragos a las afueras del pueblo para consumir en casa, y sí poder recurrir a un servicio de reparto que trajera un pollo asado desde otro pueblo, o una cortina para el baño desde China; enojado ante los oídos sordos de la autoridad, tiró los cuatro espárragos al suelo al tiempo que mascullaba al agente más joven, “váyase usted a freírlos”. Fue multado.

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