<<<

30 de Marzo de 2019

<<<

“Hola, buen día, mi estimado público.

Y me permito decirles ‘estimado público’

porque los organizadores estiman

que hay en el recinto 800 personas

y ese es el famoso público estimado

o estimado público.

<<<

Mi primer reclamo a la Real Academia tiene que ver con un conflicto familiar.

Durante años he presumido delante de mi hija de conocer algunos secretos del idioma adquiridos en ámbitos tan dispares y queridos como la salita de locutores de Radio Municipal; las redacciones de varias agencias publicidad y Les Luthiers, muy cuidadosos con las sutilezas del español. Así, le expliqué a Lucía que no se dice ‘desapercibido’ sino ‘inadvertido’; que se debe decir ‘delante de mí’ y no ‘delante mío’; que las cosas ‘se adecuan’ y no se ‘adecúan’; que no hay ‘varias alternativas’ sino sólo ‘una alternativa con varias opciones’; que algo ‘podría ser’ en lugar de ‘pudiera ser’; que no se dice ‘te lo vuelvo a repetir’ o que el que ‘prevé’, lo que hace es ‘prever’ y no ‘preveer’ y, por más necio que sea y muchas ‘e’ que agregue, no preverá más que hace unos días atrás. Uy, ¡perdón! Que ‘hace unos días’ o ‘días atrás’.

Bueno, mi hija me acaba de plantear que deje en paz esos supuestos errores porque muchos ya han sido admitidos o aceptados como errores coloquiales y regionales, y la estoy haciendo quedar mal con sus amigos.

Hay dichos del habla popular sobre el paso del tiempo que son elocuentes y graciosos, pero a la vez muy imperfectos. Yo propongo desde aquí una valoración más estricta de la unidad de tiempo del habla popular. Hay que ordenarlas y codificarlas, y asignar a cada una un valor preciso en relación con las otras. Propongo que un ‘lo que canta un gallo’ equivalga a ‘dos santiamenes’ y a ‘cuatro periquetes’. Y que un ‘me pareció un siglo’ sea igual a la cuarta parte de ‘una eternidad’ y de un 0,33 de ‘ya no veo la hora’. Asimismo, habrá que dar la discusión sobre los valores asignados a las cosas de poca importancia. Cuando alguien dice ‘me importa un comino’, ¿en qué está pensando? ¿En más o en menos que ‘me importa tres pepinos’? ¿O ‘medio pimiento’? Todos entrañables vegetales, eh. Pero la carga ominosa de ‘me importa un bledo’ no tiene igual. ¿Alguien sabe lo que es un bledo? ¡Cuidado! Algún día un ejército de bledos se lanzará sobre los hispanohablantes para vengarse de tantos siglos de ninguneo.

Comencemos por la palabra ‘agnóstico’.  Muchos científicos se declaran agnósticos. El agnosticismo sostiene que la existencia o no existencia de Dios está fuera del alcance del entendimiento o de la experiencia. El agnóstico se abstiene de cualquier juicio sobre la existencia de Dios. Digamos, no sabe, no contesta. Pero, cuidado, no debemos confundir ‘agnosticismo’ con ‘angosticismo’, que es una doctrina que postula que todo lo bello debe ser angosto. Ni con el ‘agosticismo’, que dice que todo lo bello ocurre en el mes de agosto. Y menos aún con el ‘agnolotticismo’, según el cual la existencia o no existencia de Dios está fuera de la ingesta de un plato de agnolottis.

El sonido de una palabra puede dar pistas sobre su significado. Por ejemplo, algo ‘finito’ no puede ser ‘gruuuuueeeeso’. Pero, ojo, ‘infinito’, que suena casi igual, es enorme, lo que no tiene fin. O sea, es ‘infiniiiiiiiito’.

Es cierto que es constante la aceptación e incorporación de nuevos términos. Y no podemos soslayar la necesidad de incorporar nuevos términos relacionados con la medicina.

Tantas especialidades médicas desorientan. Hace poco, en una prestigiosa revista médica, un artículo que debía ser publicado en la sección de ‘Virología’ apareció en la sección ‘Oftalmología y óptica’. La confusión se produjo porque el artículo se llamaba ‘La hepatitis B’.

Cada vez los médicos se especializan más. Por citar un ejemplo hay médicos que sólo atienden a actrices de cine: son los ‘cinecólogos’. Y estos ‘cinecólogos’ han descubierto nuevas enfermedades, como el endurecimiento de los dedos de las actrices por gesticular demasiado: la ‘actritis’. O la inflamación provocada por lavar los utensilios de cocina con productos irritantes: la ‘vajillitis’.

Ahora pasaré a un interesante tema gramatical. En un reciente congreso de lingüistas y filólogos al que fui invitado, se presentó un trabajo sobre la estructura de algunas formas idiomáticas curiosas, como, por ejemplo, la oración ‘Pedro sujetó al sujeto’.  En esta oración, ‘Pedro’ es el sujeto, y ‘sujetó al sujeto’, el predicado. ‘Pedro’ es al mismo tiempo el sujeto y el que sujeta, o sea, el sujetador. Pero, también, ‘Pedro’ es un sujeto sintáctico: ‘sin táctico’, o sea, le falta tacto, por eso anda sujetando a los demás. Si tuviera un poco de tacto, no andaría sujetando a ningún sujeto, sino que trataría de conversar con él. ‘Pedro’ es el sujeto de la oración, el que ejecuta el predicado, o sea, el predicador. El predicador reza sus oraciones, por lo tanto el sujeto de la oración no es ‘Pedro’, sino el predicador. Ya lo dijo el famoso predicador mediático Warren Sánchez: ‘nunca me he sentido mejor sujeto que después de haber predicado’.

Otra oración curiosa es ‘Pedro lleva una gorra sujeta en la nuca’. Lo que llama la atención no es que Pedro lleve una gorra sino que tenga su jeta, su propia jeta, en la nuca, como el dios Jano. Las conclusiones a las que llegaron los autores de este estudio es que estas oraciones pertenecen a un tipo muy raro y que ese tipo se llama ‘Pedro’.

También quiero llamar la atención de los señores académicos sobre una epidemia lexicológica: el uso y el abuso que hace el periodismo deportivo de ciertos términos, por ejemplo, ‘gloria’. Todo comenzó a degradarse la primera vez que alguien, ante un récord mundial o una hazaña atlética deslumbrante, se atrevió a titular ‘Fulano alcanzó la gloria’. Ahora la ‘gloria’ ya es la del empate sobre la hora o la de un equipo que se salva raspando del descenso o la del equipo que gana un amistoso de verano. Y el colmo ocurrió hace unos meses. Resulta que al delantero de un equipo de provincias le tocó someterse al examen antidoping. Tal vez por una excesiva deshidratación o por pudor comprensible ante esas miradas extrañas para un acto de naturaleza tan íntima, lo que debía ser un trámite rápido y rutinario, más precisamente ‘ruti-urinario’, se había convertido en un suplicio, en una ‘micción imposible’. Por fin, y luego de dos horas de esforzadas contracciones, nuestro futbolista consiguió completar el volumen requerido y aportar la muestra en el recipiente destinado a tal fin o, como se dice vulgarmente, logró hacerlo ‘dentro del tarro’. ¿Saben cómo tituló la noticia un vespertino de gran circulación? A ocho columnas: ‘¡Osorio pudo orinar! ¡Alcanzó la gloria!’.

Para prevenir este tipo de epidemias, un recurso posible son los talleres literarios.

Señores académicos, hablemos brevemente sobre el auge de los talleres literarios. Creo que es urgente aclarar su alcance, utilidad y propósito porque muchos inexpertos se confunden. Conozco el caso de un joven aspirante a escritor que se dirigió resueltamente hacia la dirección que le había dado un amigo. Tocó el timbre. ‘¿Aquí es el taller literario?’, preguntó al joven de pelo negro y gafas que le abrió la puerta. ‘¿Sí? Bueno, mirá, aquí te dejo este cuento para que lo arreglen. ¿Podrá estar para el martes?’.

Como ustedes sabrán, yo también soy escritor y por necesidad he cultivado todos los géneros. Un prestigioso crítico literario dijo de mí: ‘llama la atención su atrevida prosa no por su valentía, sino porque uno piensa cómo este tipo se atreve a escribir’. Allá él. Sigue el crítico: ‘entre sus libros más difundidos se encuentra su tratado Crítica a los refranes tradicionales. Aclaremos que es un tratado no por su profundidad, sino porque ha tratado de desarrollar un tema y no ha podido’.

En ‘Crítica a los refranes tradicionales’ yo denuncio los notables silogismos que los refranes usuales han ido construyendo en silencio, a nuestras espaldas. Por ejemplo, ‘cría cuervos y te sacarán los ojos’ es del todo coherente con ‘el ojo del patrón engorda el ganado’. O sea, los cuervos que tú crías te sacarán los ojos, se los comerán y engordarán consecuentemente. Otra conspiración de refranes más compleja aún es esta: si es verdad que ‘el casado casa quiere’ y que ‘cada casa es un mundo’, y también se dice que ‘el mundo es un pañuelo’, se demuestra que en realidad lo que el casado quiere es un pañuelo. ¡Un simple pañuelo! Me parece una dote muy razonable.

También propongo formas más directas para algunos refranes conocidos. Por ejemplo, ‘donde manda capitán no manda marinero’ es redundante. Propongo el más explícito ‘donde manda capitán hay que ir’. Y también, por ejemplo, en vez de ‘una golondrina no hace verano’, apelo a expresiones más vulgares pero contundentes como ‘una golondrina no hace un carajo’, con perdón de Gustavo Adolfo Bécquer.

Quiero referirme a los libros de autoayuda y pedir a la Real Academia y al Instituto Cervantes que supervisen su proliferación. No se puede negar la importancia de los libros de autoayuda: son sustentables, no consumen energía literaria no renovable, ni de las otras, digamos que de literario tienen muy poco. Propongo a la Real Academia y al Instituto Cervantes apoyar el desarrollo de los libros de autoayuda de última generación: los libros de autolectura. O sea, libros que se leen solos. Usted lo compra, lo deja un tiempo en la biblioteca y ya no tiene que leerlo. A fin de cuentas es lo que muchos hacemos con todos los libros.

A esta altura y con cierto rubor debo admitir que yo mismo he escrito libros de autoayuda. El primero consistía en un manual que me fue encargado por el Automóvil Club. Dicho manual, más que de autoayuda, fue de ‘ayudaautos’ y resultó incomprendido por el gran público. Y eso me llevó a escribir el siguiente titulado ‘Ayuda para leer libros de autoayuda’. Fue un éxito. También firmé un título voluntarista: ‘¿Qué ganas con seguir durmiendo?’. Luego, yo mismo refuté con otro titulado ‘¡Qué ganas de seguir durmiendo!’. Después escribí unas instrucciones para dirigir teatro clásico tituladas ‘Monte su propio Shakespeare’. Y me fue mal porque lo exhibían en la sección ‘Equitación’ de las librerías. Pero tal vez el que más satisfacciones me trajo fue el que escribí para la colección ‘Temas eróticos’: se llama ‘Manual de autoayuda, autoayuda manual’.

Ahora, ya para despedirme, les voy a leer ‘invocación al amor’ de mi libro ‘La vida hay que vivirla que es para lo único que sirve’. Dice así: ‘¡amaos los unos a los otros! Más aún, ¡amaos los unos sobre los otros! Como decía Atila, rey de los hunos, amaos los hunos a los hunos. O, como brindan los traficantes de armas, ¡armaos los unos contra los otros, precios especiales! Brindemos, levantad las copas, ¡y mamaos los unos y los otros! Y si queréis salir en la foto, ¡arrimaos los unos a los otros!’

>>>