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Como el resto de las criaturas marinas, los buques mercantes sufren un continuo proceso de adaptación al medio que, en su caso, resulta inmisericorde para los menos dotados en la obtención de fletes rentables. Así, una alteración como la aparición del vapor puede relegar a la insignificancia en el plazo de una vida humana especies como el velero, que llevaba más de tres mil años dominando su ecosistema; al igual que en los seres vivos la adaptación se produce mediante mutaciones, y el precio a pagar por cada mejora suele ser una legión de fiascos. En el último cuarto del Siglo XIX la propulsión mecánica ya estaba consolidada, pero el abaratamiento del acero le permitió desplazar al hierro en la construcción de buques de carga, y la posibilidad de diseñar cascos considerablemente más ligeros acabó siendo un nuevo factor mutagénico; tal es el contexto donde aparecen los buques de «casco singular» a que se refiere este libro: unas criaturas que, como sugiere su propia «singularidad», protagonizaron alguna de las ramas de la evolución menos exitosas.
Haciendo gala de su habitual circunspección el autor habla de «cascos singulares», pero el lector debe saber que alguno de los buques que nos describe eran calificados por sus contemporáneos en términos más explícitos. Sirvan de ejemplo dos citas de la propia obra, donde mi llorado amigo Ricardo Álvarez califica al «Gobeo» (en el que navegó de alumno) de «verdadero engendro» y una persona tan vinculada a esta Revista como Rafael González Echegaray define el «Arraiz» como «feto, arrepentido a media gestación». A la vista del «éxito» cabe preguntarse si los ingenieros navales de hace un siglo tenían ojos en la cara, pero lo cierto es que su agudeza visual les permitía detectar una libra esterlina a miles de millas, y bajo la coartada de diseños más ligeros y ventajas puntuales para cargas a granel (a costa de una reserva de estabilidad discutible), los buques «Turret Deck» y «Trunk Deck» ahorraban a sus armadores una pasta en tasas gracias a un tonelaje neto artificialmente reducido. Como en el fondo solo eran «dinosaurios super-especializados», bastó una reforma de las normas de arqueo en 1911 para expulsarles del tronco evolutivo y obligar a los supervivientes a malvivir en sus ramas más alejadas, como por ejemplo algunas navieras españolas.
El libro que hoy comentamos contiene la biografía de quince de estas «bellezas» (doce importadas y tres «Made in Spain») y no se limita a las conocidas familias «Turret» y «Trunk», sino que incluye ejemplares de «Arch Deck», «Corrugated Hull» y «Bulge Hull» capaces de satisfacer al zoólogo más exigente: a los más veteranos les sonarán nombres como el entrañable «Felguera», el abnegado «Campaláns» o el inefable «Condecister». Como nos tiene acostumbrados, Manolo ha efectuado un trabajo de investigación tan exhaustivo que roza lo agobiante, y el resultado se ha visto enriquecido con una edición muy cuidada y rebosante de planos, fotografías y acuarelas que harán accesible al aficionado una obra imprescindible para el historiador marítimo.
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