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Cierta vez un rico avariento

perdió su billetera y anunció

que recompensaría generosamente

a quien la encontrase. Apareció un pobre con la billetera perdida.

El avariento contó el dinero y exclamó:

– ¡Faltan cien rublos! ¡Vete inmediatamente! ¿O acaso esperas que además te dé una gratificación?

El pobre hombre, que no había tocado el dinero, se quejó al rabí del pueblo, el que mandó que ambos se presentasen ante él. Cuando los tuvo delante le preguntó al rico:

-¿Cuánto dinero había en la billetera que perdiste?

-Quinientos rublos -respondió el ricachón.

Volviéndose hacia el pobre le preguntó el rabí:

-¿Y cuánto dinero había en la billetera que encontraste?

-Cuatrocientos rublos -respondió humildemente el hombre.

-Resulta muy claro, entonces -decidió el rabí, dirigiéndose al avariento- que ésta no es la billetera que perdiste. Devuélvesela, por lo tanto, al que la encontró; él la va a guardar hasta que aparezca su verdadero dueño.

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