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Cierta vez el famoso campeón mundial de peso liviano Benny Leonard viajaba para una pelea rumbo a Chicago en compañía de su agente. En una de las paradas se abrió de pronto la puerta del ómnibus en que viajaban y entró un joven grandote, musculoso, que mirando fijamente a derecha e izquierda preguntó con voz preocupada:

– ¿Viaja algún judío en este coche?

Benny Leonard enrojeció de ira y comenzó a levantarse de su asiento pero su agente lo contuvo.

– No puedes pelearte, Benny; cuida tu título. Este muchacho debe estar tomado.

Benny hizo un esfuerzo y volvió a su asiento mientras el joven salía del ómnibus. Pero unos minutos más tarde el mismo joven musculoso regresó y repitió su pregunta, mirando otra vez a derecha e izquierda:

– ¿No habrá aquí algún judío…?

Esta vez Benny Leonard, lívido de ira, ya no pudo contenerse más y, pese a los esfuerzos del agente, se levantó de un salto de su asiento y acercándose al joven le dijo:

– Sí, yo soy judío, ¿y qué hay con eso?

El rostro ensombrecido del joven se iluminó de pronto con una sonrisa.

– Gracias a Dios – murmuró – Ahora tenemos el décimo hombre para el minián.

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