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El 19 de septiembre de 2004 apareció en el Diario de Ibiza

un texto firmado por Joan Serra Tur que me ha interesado mucho.

Se titula «Menos coches«.

Siguen unas glosas mías, intercaladas entre sus párrafos… con una peculiaridad:

me he permitido invertir el orden, de manera que empiezo por el último.

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Sin una buena red de transporte público que vaya aparejada con iniciativas que penalicen el uso de coches particulares no habrá forma de detener el descontrolado aumento del parque móvil de las Pitiüses ni de impedir sus nefastas consecuencias para nuestras islas.

Esta es la tesis que da por demostrada Joan Serra Tur al final de su artículo. Veamos si los argumentos que aduce llegan a fundamentar su conclusión.

Cualquier política seria encaminada a lograr una disminución del número de vehículos que acogen nuestras islas exige medidas en múltiples frentes, algunas de ellas necesariamente coactivas, e implicar a diversas instituciones; pero hoy por hoy no existe ninguna sensibilidad para avanzar en esa dirección y asumir los costes que conllevaría. Lo que sí tenemos a nuestro alcance y constituye obligación inaplazable y una etapa imprescindible para avanzar algún día hacia objetivos más ambiciosos es organizar un transporte público suficiente y eficaz que pueda atender las necesidades de la población o de los turistas y que actúe como un factor disuasorio del uso del vehículo privado.

En Eivissa no se puede hacer ninguna política seria porque las «diversas instituciones» no colaboran en nada y, por ende, tampoco en eso. El paso previo para resolver la movilidad – o cualquier otra cosa – es montar una administración única que deshaga los mecanismos de poder caciquil que controlan los municipios y el Consell, unifique su economía y nos dé algo de poder negociador frente al Govern Balear, el Estado y la Unión Europea. Tal vez esa entidad futurible tenga una mínima sensibilidad para con el transporte público… y tal vez no. Es condición necesaria, pero no suficiente. Hoy por hoy, eso de organizar el transporte público no está al alcance de nadie. Y me gustaría saber a qué «nosotros» se refiere Joan Serra Tur cuando dice «a nuestro alcance».

Formentera es un buen laboratorio para algunos ensayos.

Ciertamente. Sin ir más lejos, yo he propuesto partir la isla en dos o más ayuntamientos, «coordinados» por un Consell y una galaxia de comités, consorcios y mancomunidades, para que ellos también disfruten de las indiscutibles ventajas de una división municipal como la de Eivissa. Otro experimento, éste totalmente en serio, es aplicar la «receta Disneylandia» para resolver la movilidad de la isla.

Cándido Valladolid apuesta inicialmente por la autorregulación de las empresas de vehículos de alquiler y busca recortes pactados de sus flotas. No es un mal comienzo; incluso puede ser un paso necesario para contener la avalancha, pero incide sólo en una parte del problema porque los nuevos ferrys rápidos que cubren las líneas marítimas con las Pitiüses no dejan de aumentar su capacidad de carga -¿habría que pedir también a las navieras que se autorregularan?- para poder transportar cientos de vehículos en cada trayecto, con lo cual el flujo de entradas de coches privados crece constantemente. Y aun contando con la voluntad empresarial de efectuar una reducción pactada de la oferta actual, no podría impedirse la implantación de nuevas compañías que alteraran el escenario acordado. Así que no es tarea fácil.

La «receta Disneylandia» consiste en repensar la movilidad de la isla como si fuera la de un parque de atracciones. Todos los lugares susceptibles de atraer muchos visitantes se comunican mediante transporte público. Los demás se estudian uno a uno. Como la «receta» implica la prohibición de desembarcar vehículos privados de cualquier tipo, el problema de los «ferries» se resuelve solo.

La presión de los coches y automovilistas tiene un enorme e irreparable coste en vidas humanas y provoca además conflictos de muy variada índole: de infraestructuras, de equipamientos, de seguridad, sanitarios, urbanísticos, medioambientales o administrativos, todos ellos con gravosas repercusiones económicas.

Esto es una mera enunciación de síntomas. El diagnóstico es llamar al mal por su nombre, que no es «la presión de los coches», es «el estúpido modelo de movilidad al uso». La terapia pasa por cambiarlo.

Así que cuando algún gobernante de la derecha aboga por limitar el número de vehículos para acomodarlo a las capacidades de la isla y no por transformar la isla según las exigencias de los vehículos hay que congratularse por su iniciativa.

Quizá no, porque en los párrafos citados más arriba Joan Serra Tur había demostrado que en las actuales circunstancias la iniciativa es impracticable.

Ese horizonte inimaginable hace muy pocos años se ha visto increíblemente superado por la realidad.

«La realidad», en este contexto, sólo es el resultado de las actividades humanas. Basta mirar atrás para ver que hemos llegado hasta aquí siguiendo la Ley de Sevareid: «la causa principal de los problemas son las soluciones».

¿Quién hubiera podido vaticinar que Formentera tendría problemas de tráfico y de aparcamiento o que en Eivissa llegarían a proyectarse autovías?

Fue Juan Manuel Grijalvo, cuyo artículo «Epoca de cambios» apareció en el Diario de Ibiza el 1 de enero de 2000. Es el resultado inexorable de responder al aumento de la demanda de movilidad con más de lo mismo: «más coches, más carreteras, más rotondas, igual a más contaminación, más atascos… y, digo yo, más accidentes».

Estamos, como tantas veces, ante el eterno dilema de los límites que ha de tener la explotación de un territorio pequeño y frágil como el de Formentera (aunque el mismo análisis, con otras proporciones, puede aplicarse también al caso de Eivissa).

Esto de las proporciones es una ilusión óptica. Si las comparamos con las de Australia, resultan ser prácticamente las mismas. Son dos islas minúsculas, que deben considerarse como un solo sistema a todos los efectos. Las estupideces que daban tan malos resultados en Eivissa se han trasplantado a Formentera. Allí, los efectos perniciosos se han revelado como insostenibles… y aquí también. Como dice Joan Serra Tur,

La multiplicación desbocada del parque motorizado está acabando con todos los equilibrios e introduciendo en nuestras comunidades nuevos y graves problemas que desbordan la capacidad de respuesta de las instituciones insulares.

Esto es otra enumeración de síntomas. La multiplicación del parque motorizado es otra consecuencia inseparable del estúpido modelo de movilidad al uso. Que yo sepa, la única institución insular es el Consell. Las demás son unos ayuntamientos que han demostrado hasta la saciedad que no les importa un rábano el futuro global de la isla. El conjunto no tiene ninguna «capacidad de respuesta»… ¿por qué la iba a tener? Su base y sustancia es la división, el enfrentamiento y la zancadilla al adversario político.

El concejal de Turismo de Formentera, Cándido Valladolid, cuyas dotes para la agitación son de sobra conocidas, ha planteado la conveniencia de reducir el número de vehículos de motor que soporta la isla y ha lanzado algunas propuestas que apuntan en primer término a las empresas de coches y motos de alquiler que ponen cada verano miles de unidades a disposición de los turistas.

Bueno, por decirlo en términos del más exquisito eufemismo, los intereses particulares de dichas empresas no coinciden con el mejor interés público… La situación es una variante del conocido problema de confiar las ovejas al lobo.

La pretensión de Valladolid no es utópica ni descabellada, responde a un ideal muy sensato pero difícil de alcanzar y como mínimo tiene una gran virtud: sirve para abrir el debate y reflexionar sobre una situación que, si continúa por los mismos derroteros, puede llegar a ser explosiva.

Volviendo al principio, es decir, al final, la tesis de Joan Serra Tur es:

Sin una buena red de transporte público que vaya aparejada con iniciativas que penalicen el uso de coches particulares no habrá forma de detener el descontrolado aumento del parque móvil de las Pitiüses ni de impedir sus nefastas consecuencias para nuestras islas.

Para cambiar el modelo de movilidad en y entre Eivissa y Formentera, la única solución es hacer una red nueva de transporte elevado, guiado, eléctrico y automático. No interfiere para nada con los medios actuales. Cuando esté en marcha tendrá sus propios ingresos, porque servirá a todas esas personas que son ninguneadas cada día en nombre del «interés general». Es decir, a quienes no tienen automóvil ni carnet de conducir, que son la mayoría de la población… y que pronto serán la mayoría del electorado.

En un segundo momento, esa red nos permitirá tomar «medidas en múltiples frentes, algunas de ellas necesariamente coactivas«. El horizonte último de esas medidas no puede ser «menos coches», ha de ser «cero coches». En esta guerra no puede haber supervivientes, porque ya sabemos que si sólo hay «menos coches» serán, por ejemplo, los haigas de los nuevos ricos. Ahora se puede escribir esta palabra sin comillas, porque la Academia la ha admitido para designar esos autos «ostentóreos» que se compraban los estraperlistas de los años cuarenta: querían «el más grande que haiga». La libertad de cada uno acaba donde empieza la de los demás. Esas limusinas americanas no son un medio de transporte, son un símbolo de «status»… y además, una horterada.

Y para acabar, una pregunta: para comprar y conducir un Hummer, hace falta ser rico. ¿Hace falta ser también un desalmado?

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