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Lisboa es grande, nostálgica,
fluvial, tan acogedora,
que el visitante se diría del lugar,
que no es forastero…
Sólo los cristales de sus rascacielos
son fríos cual espejos de modernidad.

Te dejas suelto y te vas a la Plaza del Comercio
a tomar un café en el Martinho da Arcada,
el sitio preferido por Pessoa, el escritor, el poeta,
o un tranvía al Palacio de Ajuda, al barrio de Alfama, al mirador de San Pedro,
porque Lisboa está llena de tranvías, de los pioneros revestidos con madera,
donde puedes viajar con las ventanillas abiertas, y de los nuevos con aire acondicionado.

Lisboa tiene una luz suave y gris al mismo tiempo, acero y plata de luna,
y conserva, de su belleza original, un halo de elegancia infatigable, de auténtica nobleza,
incluso el deterioro de su parte antigua, aunque impresiona a ruina,
lo hace a ruina romántica, evocadora, a prosa de Juan Ramón Jiménez.

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Irene Zabaleta

Carrrollia 68

Marzo de 2001

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