Unas patrullas del Gobierno australiano, al aventu­rarse en 1946 en las tierras altas e incontrolables de Nue­va Guinea, encontraron a la población agitada por un vendaval de excitación religiosa: acababa de nacer el cul­to del «cargo». El «cargo» es una expresión inglesa que designa las mercancías destinadas a los indígenas: latas de conservas, botellas de alcohol, bujías de parafina, et­cétera. Para aquellos hombres, que se encuentran toda­vía en la Edad de Piedra, el súbito contacto con tales riquezas tenía que ser desconcertante. ¿Acaso los hom­bres blancos podían haber fabricado semejantes rique­zas? Imposible. Los Blancos, a quienes conocían, eran sin duda incapaces de hacer brotar de sus manos un ob­jeto maravilloso. Seamos positivos, se decían más o me­nos los indígenas de Nueva Guinea: ¿habéis visto alguna vez a un hombre blanco fabricar alguna cosa? No.

En cambio, los blancos se entregan a misteriosas activida­des. Se visten de la misma manera. A veces se sientan ante una caja de metal provista de cuadrantes y escuchan extraños ruidos que salen de aquélla. Y trazan signos en hojas blancas. Todo esto son ritos mágicos, gracias a los cuales obtienen que los dioses les envíen el «cargo». Los indígenas intentaron, pues, copiar estos «ritos»: trata­ron de vestirse a la europea, empezaron a hablarles a las latas de conservas, plantaron tallos de bambú sobre sus chozas, a manera de antenas, y construyeron supuestas pistas de aterrizaje, esperando el «cargo».

Bien. ¿Y si nuestros antepasados hubiesen interpre­tado de esta manera sus contactos con civilizaciones superiores? Nos quedaría la Tradición, es decir, la en­señanza de «ritos» que eran realmente maneras muy ló­gicas de actuar en función de conocimientos distintos. Habría sido la imitación infantil de actitudes, gestos y manipulaciones, sin comprenderlos, sin relacionarlos con una realidad compleja que se nos escapaba, y con la esperanza de que tales actitudes, gestos y manipulacio­nes nos valieran alguna cosa. Alguna cosa que no venía: un maná «celestial», que seguía en verdad otros cami­nos que nuestra imaginación no podía concebir. Es más fácil creer en lo ritual que elevarse al conocimiento, in­ventar dioses que comprender técnicas. Dicho esto, añado que ni Bergier ni yo pretendemos atribuir todo impulso espiritual a la ignorancia material. Todo lo contrario. Para nosotros, la vida espiritual existe. Si Dios supera a toda realidad, encontraremos a Dios cuando conozcamos toda la realidad. Y si el hombre tiene facultades que le permitan comprender todo el Universo, Dios es tal vez todo el Universo y algo más.

Pero prosigamos nuestro ejercicio de apertura del espíritu: ¿y si lo que llamamos esoterismo no fuese en realidad más que un exoterismo? ¿Y si los más viejos textos de la Humanidad, sagrados a nuestros ojos, no fuesen más que traducciones bastardas, vulgarizaciones aventuradas, informes de tercera mano, recuerdos un poco adulterados de realidades técnicas ? Interpretamos estos viejos textos sagrados como si fuesen indudable­mente expresión de «verdades» espirituales, símbolos filosóficos, imágenes religiosas. Y es que, al leerlos, sólo nos referimos a nosotros mismos, hombres embargados por nuestro pequeño misterio interior: amo el bien y hago el mal, vivo y voy a morir, etc. Los textos se dirigen a nosotros: los aparatos, los rayos, el maná, el apocalip­sis, son representaciones del mundo de nuestro espíritu y de nuestra alma. Me hablan, a mí y para mí… ¿Y si tra­tase de antiguos recuerdos deformados de otros mun­dos que han existido, del paso por esta Tierra de otros seres que buscaban, que sabían, que actuaban?

Imaginad un tiempo muy antiguo en que eran capta­dos e interpretados los mensajes procedentes de otras inteligencias del Universo, en que los visitantes interpla­netarios habían instalado una red sobre la Tierra, o en que se había establecido un tráfico cósmico. Imaginad que existen todavía, en algún santuario, notas, diagra­mas e informes, descifrados a duras penas, en el trans­curso de los milenios por monjes detentadores de los an­tiguos secretos, pero en modo alguno capacitados para comprenderlos en su integridad, y que jamás cesaron de interpretar y de interpolar. Exactamente lo mismo que harían los hechiceros de Nueva Guinea al tratar de com­prender una hoja de papel en la que se hubiesen anotado el horario de los aviones de Nueva York a San Francisco.

En último término, ahí tenéis el libro de Gurdjieff: Recits de Belzébuth a son petit Fus, lleno de referencias a conceptos desconocidos y en el que se emplea un len­guaje inverosímil. Gurdjieff declara que tuvo acceso a las «fuentes». Fuentes que no son, en sí, más que desvia­ciones. Hace una traducción de milésima mano, aña­diéndole sus ideas personales, construyendo un sim­bolismo del psiquismo humano: he aquí el esoterismo.

Tomad una guía de las líneas de aviación interiores de Estados Unidos: «Pueden ustedes reservar su plaza en cualquier punto. Su petición de reserva será registra­da por un robot electrónico. Otro robot efectuará la re­serva en el avión que usted desea. El billete que le envia­remos está perforado según…, etc.» Calculad lo que saldría de esto, a la milésima traducción al dialecto ama­zónico, realizada por personas que jamás hubiesen visto un avión, que ignorasen lo que es un robot y que no co­nociesen los nombres de las ciudades citadas en la guía. Y ahora imaginaos al esoterista ante este texto, remon­tándose a las fuentes de la antigua sabiduría y buscando una enseñanza para la orientación del alma humana…

Si hubo en la noche de los tiempos civilizaciones edificadas sobre un sistema de conocimientos, hubo también manuales. Las catedrales serían los manuales del conocimiento alquimista. No se excluye la posibili­dad de que algunos de estos manuales, o fragmentos de ellos, hayan sido encontrados, piadosamente conserva­dos e indefinidamente copiados por monjes cuya tarea hubiese consistido más en guardar que en comprender. Copiados indefinidamente, iluminados, alterados, in­terpretados, no en función de los conocimientos anti­guos, más elevados y completos, sino del escaso saber de la edad siguiente. Pero, a fin de cuentas, todo conoci­miento técnico real, científico, llevado a su grado extre­mo arrastra un conocimiento profundo de la naturaleza del espíritu, recursos del psiquismo, y lleva a un estado superior de conciencia.

Si, partiendo de textos «esotéricos» — aunque no sea más que lo que aquí hemos di­cho — , ha habido hombres que han podido remontarse a este estado superior de conciencia, tales han reanudado, en cierto modo, la relación con el esplendor de las civili­zaciones extinguidas. Tampoco hay que negar que pue­de haber dos clases de «textos sagrados»: fragmentos de testimonios de un antiguo conocimiento técnico, y frag­mentos de libros puramente religiosos, inspirados por Dios. Ambas clases se habrían confundido, por falta de referencias que permitieran distinguirlas. Pero, en am­bos casos, se trata realmente, de textos sagrados.

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