Ultima Hora, 25 de octubre de 2000

En estos tiempos en que la depresión es una epidemia, una plaga, como un castigo divino, uno ya no está triste, sino deprimido. A pesar de vivir en una España que va bien, con todos los dones que nos puede dar su boyante economía, la pérdida de ideales y la exacerbación del narcisismo diseminan el veneno invisible de la depresión.

Una corriente de opinión, probablemente mayoritaria y pretendidamente científica, la piensa como una enfermedad de origen genético y la trata en consecuencia, es decir, como crónica e incurable. Ahora bien, ¿y si considerásemos a contracorriente la hipótesis de que la depresión es una incapacidad de estar triste, una renuncia a reconocer «la historia» de esta tristeza? Si esto fuera así se extendería una «psiquiatrización» de la tristeza y habría que emprender un elogio de la misma, como hizo Erasmo de la locura o Sinesio de la calvicie, ya que viviríamos un tiempo donde se cuenta del lado de lo enfermo, del defecto, de lo indeseable, donde el modelo óptimo es un ganador, joven, blanco, dinámico y agresivo, bailando extasiado eternamente su alegría al ritmo de vibrantes marchas. Pero no puede haber alegría sin tristeza. La alegría de vivir es la otra cara de la tristeza de morir. Los dones de la economía no alcanzan para negarla. Aceptarla es acercarse a reconocer que el don más extraordinario es el hecho mismo de existir, y sólo los poetas y los santos, según Dylan Thomas, lo sienten así.

El blues es una música triste con la que aún gozamos algunos calvos que preferimos estar tristes a estar deprimidos.

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