El País, 14 de marzo de 1997

De súbito, los bancos se pelean a muerte por nuestras hipotecas. Algunos están dispuestos incluso a pagar los gastos de quirófano que cuesta el trasplante. Un conocido mío fue narcotizado en plena calle con la inyección de un mibor + 0,75, y al despertar le habían pasado la hipoteca del Central al Bankinter, o del Santander a La Caixa, ahora no me acuerdo. Y sin dejarle cicatriz. En los vestíbulos de las instituciones bancarias hay expertos con el bisturí en la mano asegurándote que la operación no duele nada, ante notario. Para los pobres es una sensación muy rara esto de que los millonarios tengan tanto interés en nuestros mesenterios. Por un lado, da gusto verlos pelearse para ver quién nos lleva a la cama, pero, por otro, sabiendo como sabemos que la hipoteca es una glándula mortal, una bomba de relojería adherida al miocardio, produce miedo advertir tanta codicia en su mirada.

La hipoteca segrega un humor verdoso, parecido a la bilis, que los pobres nos tragamos porque no nos queda otro remedio. Lo raro es que los millonarios se empeñen en introducirnos una cánula para beber de ese líquido amargo. Quizá se trate de una perversión gastronómica como el paté. El caso es que mucha gente que vivía sin hipoteca se está animando a ponérsela por el placer de subastarla entre Botín, Ybarra o los hermanos Valls Taberner. Ya que no nos invitan a jugar al golf, que pujen por nuestros bandullos.

No sé qué hacen las organizaciones de consumidores que no crean una asociación de enfermos de hipoteca. Con la pasión que despiertan nuestras llagas económicas en los millonarios excéntricos, todos unidos en una sola úlcera podríamos negociar unas condiciones excelentes. A lo mejor no les sacábamos el hígado, pero seguro que les comíamos el mibor. La unión hace la fuerza.

>>>