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El País, 18 de mayo de 2007

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Las autopistas se parecen a los medicamentos

en que son capaces de provocar efectos secundarios

idénticos al mal que trataban de combatir.

Así como hay pastillas contra el dolor de cabeza que producen cefaleas

y remedios contra la acidez que provocan pirosis,

también son frecuentes las autopistas que al comunicar aíslan.

Si quieres que entre el salón y el dormitorio de tu casa haya una distancia infinita, sólo tienes que colocar en medio de estas dependencias una autovía. Las dos orillas de la M-30, en Madrid, están más alejadas entre sí que la capital de España de Nueva York. De hecho, da menos pereza viajar a la ciudad de los rascacielos que atravesar la M-30. Y es más seguro. Las autopistas y autovías han separado, como el Muro de Berlín, a familias enteras, a vecinos de toda la vida, y han alejado para siempre el mercado, el colegio de los niños, el polideportivo… Lo raro es que te asomas a la ventana y parece que puedes tocar la casa de tu madre con la mano, pero se trata de una ilusión óptica, pues tu madre vive al otro lado de la M-30, al que no hay forma de llegar si no es jugándote la vida o pasando por Singapur.

Uno no está en contra de las autovías como no está en contra de las aspirinas, pero es partidario de un uso moderado y de prestar atención a los efectos secundarios. Si algo temían los vecinos de Ibiza cuando se puso en marcha el proyecto faraónico de las autopistas entre Ibiza y San Antonio es que no se hubieran tenido en cuenta sus contraindicaciones en una isla de apenas 40 kilómetros de largo. Decían que iba a ser peor el remedio (un costurón horroroso de asfalto) que la enfermedad. Para más inri, el proyecto implicaba expropiaciones a granel y daños ambientales irreversibles. El Gobierno del PP, impulsor de la idea, aseguraba que integrarían el descosido en el paisaje, que es como intentar convencer al recién operado de que la cicatriz es bella. El costurón, cuando no hay más remedio, se aguanta, pero no conviene engañarse respecto a su estética (ni respecto a su ética).

El proyecto de cicatriz negra del Gobierno balear sobre la isla provocó reacciones que se prolongaron a lo largo de las semanas y los meses, dando lugar a enfrentamientos con la policía que produjeron más de 20 detenidos y cuyas causas todavía colean en los juzgados. Las excavadoras abrían las heridas escoltadas por la Guardia Civil. Había más guardias civiles que obreros, lo que no desanimaba a los manifestantes ni a los desalojados, que se subían a las higueras de sus huertos, para fundirse en un abrazo con sus ramas. La operación llegó a adquirir un rango militar de tal naturaleza que hasta el método elegido para levantar la piel de la isla recibe comúnmente el nombre de «excavaciones en trinchera».

Aunque a los dos meses de iniciados los disturbios un juez vio indicios de delito en las expropiaciones y ordenó paralizar las obras, la denuncia no tardaría en archivarse en beneficio de la operación castrense. La polémica sobre esa decisión mutiladora sigue a día de hoy en pie, pero reducida a un ejercicio retórico, sin influencia sobre la realidad, puesto que las obras han continuado y los políticos han seguido cortando cintas. La isla, desde el aire, parece ahora un cuerpo atravesado por un par de cartucheras en las que la munición son los automóviles que corren, como balas perdidas, hacia ninguna parte.

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