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Dedicado a  Luis Jar Torre

 Ultima Hora, FDS 1 y 8 de marzo de 2002

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Probablemente haya visto usted
alguna película de la serie «Star Wars».
Los guionistas de Hollywood
no se distinguen por su respeto a las leyes de la física.
Pero no hemos de criticarles por eso:
les pagan por tener muuucha imaginación.
Total, cosas que hace bien pocos años eran imposibles,
a la luz de los conocimientos de Física de entonces,
ahora resultan triviales.

Pero tampoco hemos de olvidar el sentido común. En la ciencia-ficción seria, las naves espaciales jamás aterrizan en los planetas. Para eso hay una variada oferta de transbordadores, yates, falúas o, puestos a rizar el rizo, un ascensor anclado a una estación espacial en órbita geoestacionaria. Eso lo propone Arthur C. Clarke en «Fountains of Paradise», junto con un puente sobre el Estrecho de Gibraltar y otras fruslerías por el estilo. Parece un invento del profesor Franz de Copenhague, hasta que se da usted cuenta de que es la única forma sensata de sacar masa de nuestro planeta, desde el fondo de un profundo pozo gravitatorio.

Las naves espaciales están diseñadas para funcionar bien en el vacío. Por lo tanto, funcionarán mal en cualquier atmósfera, por tenue que sea. Por eso me cuesta tanto creer que el Halcón Milenario despegue sin más de un planeta cualquiera y en cuestión de minutos haya acelerado hasta velocidades superlumínicas. Por otra parte, si damos por resuelto el problema de cómo almacenar la energía para propulsar una vaina de carreras en un objeto de las medidas de una pila de nueve voltios, el resto parece fácil…

Bueno, en la cuarta entrega de la serie, que luego resulta ser la primera, el presupuesto para efectos especiales del amigo Lucas le permite – por fin – llevarnos a un sitio que nos quería enseñar desde que se le ocurrió el invento. Es Coruscant, la capital de la galaxia. Viene a ser como Washington, D.C., pero con naves espaciales en vez de automóviles. Hemos ido allí con el yate de la Reina Amidala, que aterriza en cualquier sitio. Luego vemos llegar la limusina del bondadoso senador Palpatine. Desde las ventanas se divisa un constante tráfico de naves que circulan por calles aéreas. No sabemos de dónde vienen ni a dónde van. Total, qué nos importa…

Tal vez Lucas haya sacado Coruscant de la «Fundación» de Asimov. El amigo Isaac nos cuenta que la galaxia está gobernada por un Imperio. Su capital es Trantor, una ciudad burocrática que cubre… un planeta entero. Para dar de comer a la burrada de gente que vive allí podría haber imaginado un huerto hidropónico gigante, o una gran fábrica de alimentos sintéticos. Lo resuelve «a la americana», con cinco mundos agrícolas que envían las verduras a los mercados de Trantor en el equivalente espacial de una flota de camiones refrigeradores. Obviamente, han de llegar a la superficie del planeta por uno o varios espaciopuertos de dimensiones colosales.

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A estas alturas, ya se estará preguntando usted a qué huerto quiero llevarle yo… Ahora volvemos a la Tierra y nos embarcamos en un petrolero. Yo de eso entiendo poco, pero tengo un corresponsal que es un experto en la materia, entre otras razones, por haber navegado muchos años. Por elementales causas físicas y económicas, cuanto más grande es un buque, más barato resulta de mover… y más rentable de explotar. Las navieras no son grupos ecologistas. Son sociedades anónimas, dedicadas a producir valor para sus accionistas. Por eso los petroleros ya no son sólo barcos tan grandes como las mayores naves mercantes o de guerra del mundo… Ahora son inmensos mastodontes que trajinan rutinariamente medio millón de toneladas de crudo por los siete mares sin que nadie levante una ceja.

Pero la causa principal de los problemas son las soluciones… Lo que es bueno para los armadores no tiene por qué ser lo mejor para usted y para mí. A veces ocurre que alguno de estos supertanques naufraga. En tales casos, aparece una mancha de petróleo que resulta, digamos, bastante difícil de quitar. Es lo que se ha dado en llamar una «marea negra». Sin ponernos en plan catastrófico, la vida cotidiana de estos buques recuerda un poco la de las naves espaciales. No caben en los puertos, y tienen que cargar y descargar en boyas o pantalanes, a bastante distancia de la costa. Pocos astilleros tienen medios para construirlos o repararlos. Y cuando les toque ir al desguace, ya veremos si los bengalíes consiguen vararlos en alguna playa. Si no, los responsables de la gestión de los residuos sólidos del planeta tendrán unas cuantas papeletas de dimensiones realmente considerables.

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Bueno, las naves espaciales tampoco son polivalentes. No sirven para cualquier cosa. El Imperio no usa cruceros de batalla como taxis en Coruscant. Los rebeldes emplean una especie de aviones de caza para esas increíbles batallitas suyas contra fuerzas cuya potencia de fuego es millones de veces mayor. Como los guionistas, igual que Tolkien, combaten del lado de los Buenos, siempre hay algún Skywalker para meterle un pepinazo al único punto vulnerable del buque insignia de la flota enemiga. Con eso nos salvamos de la escabechina absoluta, que era el único resultado posible del planteamiento… hasta el próximo episodio, claro.

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Volviendo a la Tierra, CLH no usa superpetroleros para transportar combustibles a Eivissa. Los turistas ingleses que vienen a pasar diez días en Sant Antoni no se desplazan hasta aquí en su automóvil particular. Todo el mundo está de acuerdo en que ningún vehículo sirve para todo. Por lo mismo, procede usar el medio adecuado para cada caso concreto.

Pues bien, este razonamiento que parece tan lógico quiebra estrepitosamente cuando se aplica al actual modelo de movilidad en Eivissa y Formentera. Cada ciudadana o ciudadano adquiere un solo vehículo. Puede ser una moto, un microcoche, un turismo, un todoterreno o un camión de mudanzas. Y lo usa para todos sus desplazamientos. De forma que los más pudientes, que lo emplean sobre todo como símbolo de su «status» social, real o imaginario, compran «el más grande que haiga»… A la hora de aparcar, lo van dejando en los pasos de peatones, en las esquinas, en fin… El lindo yate deportivo de la Reina Amidala, circulando por las calles de Dalt Vila.

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Y todo ese tráfico tiene que convivir en las mismas vías públicas, transitadas también por niños, adultos, ancianos, minusválidos en sillas de ruedas, invidentes con o sin perro lazarillo… Por decirlo en esos términos eufemísticos que tanto me gustan, la cosa ha de dar algún problema. Y la solución no es tener cinco vehículos, uno para cada tipo de trayecto. Se trata más bien de estudiar la carga útil de cada viaje y ver cómo podemos moverla con el mínimo coste económico y ecológico. Eso pasa inevitablemente por maximizar el uso del transporte público. Los medios particulares deben quedar sólo para casos muy bien justificados.

La buena ciencia-ficción es literatura seria. Eivissa no es Coruscant, CLH no traerá el «Torrey Canyon» a Botafoch y no creo que nadie ponga un ascensor espacial desde Dalt Vila, pero… a grandes males, grandes remedios. Hay que empezar ya a poner las bases de una red de transporte público de calidad en Eivissa. Lo demás es ciencia-ficción, pero de la otra…

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La vida imita al arte,
la realidad supera a la ficción…

Fotografía : Joan Musson, 14-07-2004

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 Las historietas de Batracius…

Batracius es el seudónimo de Luis Jar Torre

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