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1 de Febrero de 2014

A bote pronto, la primera explicación del «menfotisme eivissenc» es histórica.

Hace no tantos años, la cosa tenía un valor de supervivencia indiscutible.

Si es usted un soldado de Infantería y va de patrulla con su pelotón, es posible que un enemigo les tire una granada de mano. La actitud altruista es arrojarse sobre ella y morir para salvar a sus compañeros. Es lo políticamente correcto, pero sólo pasa en algunas películas. En la vida real, usted sale por piernas y, si todo el mundo hace lo mismo, el incidente puede quedar como otra anécdota de la «mili». Mutatis mutandis, hace no tantos años no podía usted llamar por teléfono a la policía si entraba un ladrón en su casa. Usted mismo resolvía el tema, si podía, en plan de bricolaje, porque no había teléfonos. A partir de ahí, lo normal era no meterse en asuntos ajenos… Ya tenía uno bastante que hacer con los propios.

Eso sí, todo el entorno legal y consuetudinario era diferente. Dichas actividades de tipo «Do It Yourself» estaban enmarcadas en la «llei pagesa». La vida en el campo era tranquila y agradable… si uno no se metía en asuntos ajenos, como es natural.

Esta filosofía no ha cambiado sustancialmente, pero las formas de funcionar, los flujos económicos, las relaciones con los forasteros… ya no tienen nada que ver con las de antaño. Todo es diferente, pero a los Poderes Que Son les interesa que algunas cosas no cambien. Por eso creemos o fingimos creer en ciertas mentiras interesadas, como eso de que la población de la isla es «dispersa». La realidad es que casi todo el mundo trabaja en los centros urbanos o en las zonas turísticas, y la «dispersión» sirve para bendecir un uso residencial de las fincas rústicas que sólo es posible destinando una parte creciente de las rentas públicas y privadas a mantener en marcha «nuestro» estúpido modelo de movilidad, que es a la vez efecto y causa de la urbanización del campo. Si eso no fuera así, los imperativos económicos habrían hecho que toda la población se aglomerase en puntos próximos a sus lugares de trabajo. En vez de optar por eso, que hubiera sido lo razonable y sensato, los poncios de turno y sus benditos electores nos han dejado en herencia unas autopistas que funcionan como calles. A su vez, esas carreteras fomentan unas pautas de movilidad absurdas y permiten a las empresas desplazar a su personal por toda la isla, porque su geografía se contempla como un solo continuo urbano. Cuando ya no podamos pagar la factura del petróleo, los «peajes en sombra», los coches nuevos, etcétera, nos daremos cuenta de que todo había sido un gran error basado en varias mentiras enormes.

En esas condiciones, mantener unas posiciones mentales a la antigua y una defensa de la individualidad que ya no se basa en la «cutxilla» es una forma lenta de suicidio. Procede que se vaya planteando usted alguna forma de juntarse con otros ciudadanos para fundar colectivos que mantengan una guerra permanente contra los numerosos esbirros y mercenarios del Lado Oscuro. Cualquier otra cosa es más de lo mismo, es decir, seguir haciendo el idiota.

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