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Todo marino sabe que después de la tempestad viene la calma,

y parece que por fin las negras nubes empiezan a abrirse.

Dice que Dios aprieta pero no ahoga.

Puede, pero esta vez el golpe ha sido terrible.

Muchos han tenido que ver como seres queridos marchaban solos,

sin ni siquiera el triste consuelo de un adiós.

Negocios trabajosamente creados tras años de esfuerzo ven su futuro

–y el de las familias que en ellos trabajan- en la cuerda floja.

Dicen que el sabio ve los problemas como oportunidades. No es fácil, sobre todo para los que prácticamente van a tener que comenzar de cero. A nadie se le escapa que sale del confinamiento una sociedad diferente de la que entró. Al general de las empresas, incluso muchas relacionadas con las tecnologías de la información, les costaba aceptar el teletrabajo. Eso de que el jefe no pudiera ver si el empleado curra o se rasca la panza con sus propios ojos costaba, por más evaluable que pudiera ser el rendimiento del currante por el volumen o la calidad de su trabajo. Hemos visto que en muchísimos casos no es necesario desplazarnos para realizar nuestra tarea, basta una buena conexión a internet. Incluso hay emprendedores que están creando nuevos negocios sin salir de su domicilio.

¡Caramba! Y parecía que internet solo servía para ver vídeos de gatitos. Muchos no éramos conscientes que llevábamos en el bolsillo el conocimiento de la biblioteca de Alejandría, la capacidad de viajar a todas las partes del mundo de forma instantánea, de hablar todas las lenguas.

Solo podemos empezar a intuir como serán los museos o las escuelas del día de mañana. Pero sí que sabemos el conocimiento que contendrán. Aquel que nos pasaron nuestros padres, que vamos a transmitir a nuestros hijos.

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