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Como todo el mundo sabe,

en todo buque de guerra

el comandante es dios

y el segundo de a bordo

su profeta.

De ahí que la dotación suela referirse a él como “el Altísimo”, “Su Esencia”

(corrupción del vuecencia al que tienen derecho los capitanes de navío),

u otros apodos más o menos ingeniosos que denotan su majestad absoluta,

evidentemente a sus espaldas (aunque Él lo ve todo. Lo escucha todo. Lo sabe todo).

Porque hay algo que a bordo todos tenemos muy claro: su poder es absoluto.

Y no solo me refiero sobre dotación y trabajos.

Con toda seguridad una palabra suya detendría el viento y calmaría las olas.

Y si no lo hace es porque tan grande es su poder como su responsabilidad.

Solo, en el puente, a nadie puede pedir consejo. Tal es su cara y su cruz.

Por eso no me pareció de recibo preguntarle que debía hacer con el fantasma.

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cultura/la-mar-de-historias

-el-fantasma-del-escano-enero-de-1950/

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