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Es curioso que

una de las mejores «puestas en escena»

que he visto

de la Tercera Ley de Clarke

(«la tecnología lo bastante avanzada

es indistinguible de la magia»)

no esté en una historia de ciencia ficción,

sino en un relato de espadas y brujería.

Me refiero a «Rogues in the House», un cuento de Conan escrito por Robert E. Howard. Allí, Nabonidus, el villano de la historia, es capaz de ver lo que pasa en la habitación encima de la que él se encuentra por medio de lo que es, básicamente, un periscopio: un sistema de espejos que llevan las imágenes de arriba a la habitación en la que está.

Cuando se lo explica a Murilo, uno de los personajes del relato, este, que al fin y al cabo es fruto de una civilización más o menos avanzada y sofisticada, lo entiende sin problemas y se maravilla de la habilidad y sapiencia de Nabonidus, que le ha permitido construir ese artefacto.

Conan, que no entiende nada de la explicación, lo cataloga de brujería con un encogimiento de hombros y no le vuelve a dar más vueltas al asunto.

(En realidad, que la tercera ley de Clarke se aplique a la perfección a los relatos de la era pulp de espadas y brujería, no tiene nada de raro, ya que esta solía ser —y Howard es modélico en ese aspecto— una fantasía totalmente materialista e inmanentista en la que en el fondo no había espacio para lo sobrenatural. Y, por ejemplo «La Torre del elefante» de nuevo es un buen ejemplo, donde la criatura encantada que guarda la torre en realidad es un extraterrestre cuyos conocimientos sobrepasan considerablemente a los de los humanos).

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