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Es un tema delicado intentar hablar con la razón

cuando el corazón sangra. Cada día,

algunas personas desesperadas mueren en la mar.

Han puesto su vida en embarcaciones precarias,

armadas por mafias,

en busca de una vida para ellos y sus hijos.

Catón el Viejo terminaba sus discursos en el Senado romano

declamando aquello de Ceterum censeo Carthaginem esse delendam.

Si usted y yo fuéramos seres humanos

deberíamos terminar cada conversación de ascensor,

cada saludo al cruzarte con un conocido diciendo

hay que evitar la muerte violenta de esas gentes.

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Ante lo expuesto en el artículo anterior, puede usted pensar:

estoy de acuerdo en la hipocresía de nuestros políticos,

pero eso no quita una pizca de mérito a los que salvan a nuestros hermanos.

Permita que discrepe.

Lo que los medios de comunicación nos presentan como rescate no es tal.

En realidad, se trata de un tráfico de pasajeros irregulares

en condiciones horrorosas que nunca deberíamos haber permitido.

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Nada hay de nuevo en la noticia de gentes exasperadas

jugándose la vida en busca de un futuro mejor.

Largos años -miles, sin duda- hace ya que el mar de Alborán es un silencioso cementerio.

Cada día de este año han llegado de media más de dos pateras a las costas españolas,

según los datos de Salvamento Marítimo hasta septiembre.

La cifra aumentaría si se tuvieran en cuenta las barcazas interceptadas por la Guardia Civil

o las detectadas por las autoridades marroquíes durante su travesía hasta Europa.

Tablas de surf, botes neumáticos, kayaks, balsas de juguete a remo e, incluso, motos de agua

son los medios de transporte con los que miles de personas migrantes,

sobre todo subsaharianos y magrebíes,

se juegan la vida intentado llegar al norte rico y desarrollado.

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