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Antes de que en España tuviéramos autovías como para dar y regalar y no hubiera pueblo mediano sin su circunvalación de tres carriles por sentido, el tráfico interurbano se desarrollaba de forma casi íntegra en las llamadas nacionales, carreteras de un carril por sentido que atravesaban pueblos y ciudades, repletas de camiones y peligros.

Yo mismo crecí en una España en la que para ir de la primera a la tercera ciudad del país había que recorrerse cientos de kilómetros de carretera convencional, con sus hileras de camiones, sus adelantamientos suicidas, sus whiskerías en los márgenes y sus papá cuándo llegamos.

Las carreteras nacionales, herederas de las calzadas romanas y de los caminos reales de los siglos XVII al XIX, atravesaban el corazón de los pueblos de punta a punta, bajo los tendederos con ropa secándose al sol, frente a las sillas de los ancianos que charlaban en la calle a la fresca, junto a las plazas donde los niños jugaban. No en vano, lo que originalmente circulaba por ellas eran carretas, de ahí su nombre. Sin embargo, en la era del coche a motor las carreteras generales convertían el cruce de la calle mayor en un deporte de riesgo.

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2014/09/01/

nacional-340-la-carretera-mas-larga-de-espana/

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