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Como habréis visto si salís al campo, este año los robles produjeron una cantidad fabulosa de bellotas. Y no sólo los robles y los rebollos, sino las encinas y los alcornoques, mucho más veceras (alternantes en la producción de fruto).

Ya antes de partir de viaje anduve recogiendo semilla de abedul, una bolsa mediana, más de un kilo. Y a la vez, recogí seis kilos de bellotas de las quercíneas referidas, además de algunos puñados de semilla de tejo, arce y tilo. Y en eso estuve estas últimas semanas, dedicando mi tiempo libre a plantar toda esa semilla en los sitios que consideraba más adecuados para cada especie.

Ayer terminé; el sol ya se había puesto y todavía andaba sembrando las últimas bellotas de encina en el paisaje desolado que dejó el fuego en esta comarca. Ya retiraron los pinos quemados, allá que fueron camino de Portugal y de la FINSA de San Cibrao para hacer tableros de aglomerado, de los que llevan las cocinas o los muebles de poca calidad. En las laderas desprotegidas se formaron regueros que lamieron la tierra, dejando la roca desnuda. Pasar toda la tarde pisando cenizas y carbón fue minando mi entereza, y en ese estado de ánimo estaba cuando un pajarito se posó muy cerca de mí. Me quedé inmóvil y se acercó todavía más, a una distancia como el palo de mi azada, y se puso a picotear los granos que debía tener una de las pocas plantas que habían brotado después del incendio. Allí estábamos los dos, solos en ese campo de negra muerte, extraños y fuera de lugar como un astronauta caminando por la playa. Me emocioné. Lo hago por ti, le dije, sin mover los labios. El siguió picando, y no parecía que mi compañía lo incomodase.

No puedo más.

No doy abasto.

Pongamos que con mi labor habré sembrado, aquí y allá, cosa de una hectárea en total. Sólo en ese incendio se quemaron 1.360 hectáreas. Yo solo no doy abasto. Y estoy solo, abrumadoramente solo.

Escribí, por segundo año, a la delegación de ADEGA en Monterrei, la única asociación ecologista presente en el sureste orensano, para proponer salidas para recoger semilla e ir a plantarla. Por segundo año, no merecí ni respuesta. Mucho menos merecen ellos.

No es que precise compañía, estoy bien yo solo en el monte, y para llevar mi bolsa de bellotas y mi azada no preciso de nadie. Pero hay que hacer una labor coordinada para recuperar los montes. Coordinada, subordinada o como sea, pero hay que hacerlo. Pero nadie quiere doblar el lomo o que lo vean con la azada (poderosísimo símbolo de la Galicia campesina, antes cogerían un cartucho de dinamita encendido), y a mí ya me duelen los riñones y me muero de rabia porque no adelanto nada.

Yo solo no puedo arrancar todos los eucaliptos que plantan, y además los que brotan de las semillas de los maduros, aunque hay un catedrático de ingeniería de montes en Madriz que dice que no tiene riesgo de naturalización. Me recuerda la anécdota de aquellos ingenieros aeronáuticos soviéticos que hicieron cálculos y concluyeron que un abejorro no podía volar. Y el ignorante abejorro volando de un lado para otro desde hace millones de años.

Yo solo no puedo arrancar más que alguna mimosa que sale de semilla, pero no puedo enfrentarme con las manos desnudas (con un hacha, ni siquiera tengo motosierra) a una masa de ellas colonizando con sus raíces más y más terreno a una velocidad pavorosa.

Yo solo no puedo sembrar más que una mínima superficie de lo que arde cada año sólo en estos municipios de la raya seca.

Sólo un dato. Hay un foro de gente interesada en la recuperación de las masas forestales originales: Repoblación autóctona. ¿Actividades en Galicia? Cero. No hay interés en la regeneración ecológica gallega, sólo en sacarle a la tierra unos cuantos billetes más para emborracharse en el próximo carnaval. Qué mal haría esta tierra para tener tan malos hijos, que lo mejor que puede esperar de ellos es la indiferencia.

De hecho, la solución no es que un grupo de buenas personas dedique un sábado a sembrar un monte quemado. Así no se adelanta nada, unas pocas hectáreas. Es una tontería que yo vaya por el monte con la azada; lo que tendría que estar haciendo es lo que mejor sé hacer, ganando dinero y produciendo riqueza para luego pagar unos impuestos y, con ellos, que el Estado comprase maquinaria para hacer la repoblación de los terrenos degradados de un modo mecanizado y sistemático. Dedicando la que hay (no hay municipio que no tenga un tractor con un brazo para rozar las cunetas) para machacar las peligrosísimas acacias, y luego durante años aplicar fitocidas en los rebrotes para terminar con las raíces. Finalmente, y de una vez por todas, pasar en el Parlamento de Galicia una ley que haga responsable a cada propietario (colectivo o personal) de la eliminación de las especies vegetales alóctonas halladas en las parcelas forestales de su propiedad. Como dije hace ya tiempo: el futuro pasa necesariamente por una ley así. O no habrá futuro para los ecosistemas gallegos.

En cuanto a los grupos ecologistas y muy en particular ADEGA, que sólo están interesados en que pagues la cuota, ya les pueden dar mucho por culo. Mientras yo andaba bajando la testuz para recoger bellotas, los putos ecologetas estarían jactándose de lo muy comprometidos con el «medio ambiente» que están (el «catchword» de los imbéciles, una redundancia porque medio y ambiente son sinónimos) en alguna terraza de la villa. Mucha palabrería y poca faena, leña verde.

La naturaleza como un concepto abstracto, y no como ecosistemas concretos con problemas concretos a los que dar una solución concreta (incendios, eucaliptos, acacias, estas son las prioridades en Galicia a mucha distancia de la cuarta). El planeta está amenazado, todos debemos sentirnos culpables por nuestra vida moderna, por alejarnos de la naturaleza y comer del árbol del conocimiento. Lloremos por el planeta y reciclemos el puto vaso de yogur, un pequeño gesto (¡¡¡POSTMODERNISMO!!!) para salvarlo. Me cago en la hostia puta…

Otro ejemplo más del postureo con el que engaña esta progresía de mierda a la que abomino.

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Traducción castellana
de Juan Manuel Grijalvo,
revisada por el autor.

Original gallego

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