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Todos los españoles tenemos muy presente Gibraltar y las razones con que sostenemos nuestros derechos sobre él, pero muy pocos están al corriente de una reivindicación similar que, siglo tras siglo, mantienen nuestros vecinos portugueses contra nosotros.

La villa de Olivenza se halla cerca del río Guadiana, en la zona donde éste inicia su carácter de frontera con Portugal. Ese carácter limítrofe es la clave de su agitada historia: reconquistada por los templarios, fue cedida en 1297 mediante el Tratado de Alcañices por el monarca castellano Fernando IV al rey Dinis de Portugal, y perteneció a este reino hasta 1657, año en que fue ocupada por las tropas españolas, dentro de las acciones bélicas que acompañaron la separación portuguesa de la corona castellano-aragonesa.

En aquella época las ciudades, con sus habitantes, eran transferidas como un activo más, y por ello no es de extrañar que al año siguiente pasara nuevamente a manos portuguesas dentro del tratado de paz que, consumada la emancipación portuguesa, se articuló con el reino de Castilla.

Durante casi siglo y medio las cosas permanecieron en esa situación, pero llegaron los revueltos tiempos de la Revolución Francesa, y el valido español Manuel Godoy, deseoso de hacer méritos ante sus reyes y aprovechar a la vez de la protección napoleónica, pensó en matar varios pájaros de un tiro resucitando la pretensión española sobre la ciudad.

Efectivamente, Napoleón, como complemento de su bloqueo contra Inglaterra, deseaba invadir nuestro país vecino, tradicional aliado de los ingleses, para cerrar sus puertos al enemigo insular. Firmado en enero de 1801 un pacto con España, se ofreció a Godoy, como contraprestación por dejar pasar por nuestro suelo los ejércitos franceses, la migaja de una recompensa en forma de la posesión de la ciudad.

Conque, sobre la base de la eterna reclamación, Godoy montó en 1801 una guerra relámpago contra nuestro vecino, pretextando viejos derechos sobre las tierras del Algarbe. Los portugueses, atemorizados ante la presencia de los regimientos franceses acantonados en Ciudad Rodrigo, apenas se atrevieron a presentar batalla, y la ciudad de Olivenza fue ocupada por Godoy sin mayores resistencias, prosiguiendo las fuerzas invasoras su marcha por el interior de Portugal, que pronto pidió la paz. Este conflicto recibió el chusco nombre de “Guerra de las Naranjas” por un ramo de ellas tomadas en la localidad portuguesa de Elvas que el valido mandó a su amante, la reina María Luisa de Parma.

Portugal cedió ante los hechos consumados, e incluso reconoció la pérdida de la ciudad en el Tratado de Badajoz (junio de 1801). Por él, además, cerraba sus puertos a los navíos ingleses y otorgaba a Francia diversas concesiones comerciales.

Pero la situación fue pronto alterada con el Tratado de Fontainebleau, firmado entre España y Francia (1807), en el que se estipulaba la ocupación de Portugal y su división en tres partes, una de ellas para el ambicioso Godoy. Bien conocidos son los acontecimientos posteriores: las tropas francesas, nuevamente en territorio español, mostraron pronto que su intención anexionadora no se limitaba a Portugal, sino que incluía también nuestro propio país, y mientras la familia real portuguesa huía a Brasil, en España se desencadenó la llamada Guerra de la Independencia, que de hecho no fue más que un conflicto entre dos potencias europeas, Francia e Inglaterra, librado en suelo español, en el estilo de la guerra de Vietnam y tantas otras.

De hecho, el tratado de Fontainebleau anulaba a su vez el de Badajoz, donde se especificaba que la violación de cualquiera de sus artículos produciría su anulación automática. Por ello, Portugal nunca ha dejado de considerar desde entonces que permanece ilegalmente desposeído de la ciudad. Así, las fuerzas portuguesas la ocuparon nuevamente en 1811, aunque los ingleses obligaron a devolverla a España para no crear motivos de tensión en aquellos difíciles momentos en que Inglaterra era nuestra aliada en la guerra. Más tarde, el Congreso de Viena (1815) recomendó la devolución de la ciudad, pero España hizo caso omiso de ese artículo.

Las presiones portuguesas para la recuperación de la ciudad han sido constantes desde entonces. Aún actualmente se encuentra sin delimitar la frontera entre Portugal y España, entre las desembocaduras de los ríos Caya y Cuncos en el Guadiana, con motivo del “Problema de Olivenza”. En fecha tan reciente como 1990 se celebró una Cumbre Ibérica, en la que el primer ministro de Portugal y el presidente del gobierno español firmaron un convenio para la reconstrucción del Puente de Ayuda (Olivenza), destruido en la guerra de Sucesión española (1709), y que desde entonces permanece intransitable. La reparación iba a ser efectuada conjuntamente por los dos países, pero el Parlamento luso estimó que este tratado ponía en peligro los derechos portugueses sobre Olivenza, ya que se podía entender como una aceptación por parte de Portugal de la frontera internacional en el Guadiana, y el Ministerio de Asuntos Exteriores de Portugal bloqueó la ejecución del proyecto.

¿Cuál es la situación actual? Dos siglos han pasado ya desde la “Guerra de las Naranjas”. Amigos que visitaron la ciudad recientemente me han manifestado que no oyeron hablar allí portugués en ningún momento, y de hecho, algunas acciones del gobierno vecino para mantener viva la reivindicación se han abandonado ante el escaso entusiasmo de la ciudad por pertenecer al vecino país.

En fin: un calco directo, pero a la inversa, de Gibraltar.

Josep M. Albaigès

Barcelona, marzo 04

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