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Hace algunos años tuve una conversación con el dueño de un restaurante.

Un día, vino por allí un matrimonio con dos hijos. Querían celebrar la primera comunión de uno de ellos. Al cabo de unos minutos les dijo que ya habían hablado bastante. Se extrañaron, porque no les había preguntado cuántos iban a ser, ni les había dicho los precios… y él les contestó: “Miren, en el rato que llevan ustedes aquí, los niños han tirado un biombo al suelo y han roto una silla. Ustedes no han dicho ni han hecho absolutamente nada. Comprenderán que no me interesa que traigan aquí a sus amiguitos”.

Evidentemente, no todos los niños, ni todos los padres, se comportan así. Peeero… basta una sola familia, en una sola mesa, para destruir totalmente la paz de un restaurante. Estaría bien fomentar las buenas conductas ofreciendo descuentos por tener “Well Behaved Kids”, niños bien educados.

Y si de mí dependiera, también habría “conos del silencio” en los restaurantes: dispositivos para impedir que el griterío de algunos se propague de mesa en mesa por toda la sala. Te obligan a levantar la voz, porque el ruido de fondo impide que te escuche la persona que tienes al lado… Acaban de comer, se van, y de pronto vuelve la paz al restaurante entero.

Pues eso. A falta de civismo, sólo nos queda lo del “Reservado el derecho de admisión”…

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