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De un tiempo a esta parte

estamos oyendo todos los días

estos tres términos, aplicados

a las conductas públicas y privadas

de unos pocos dirigentes

de las instituciones catalanas

por una gente que…

Tal vez proceda hacer

uno de mis pequeños ejercicios

de historia con minúscula

y poner esas palabras

en el contexto real.

Veamos…

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Rebelión.

Hace no tanto tiempo, en este país se hablaba SIEMPRE de «rebelión militar». En ese contexto, era lo que habían hecho unos pocos guerrilleros del maquis cuando se enfrentaron con armas a la dictadura, en nombre de la legalidad republicana. Unos pocos años antes, la «rebelión militar» había sido el pronunciamiento de unos pocos militares contra esa misma legalidad. Precisamente porque eran tan pocos y tan débiles, la rebelión fue extremadamente cruel y sanguinaria. Como decía el general Yagüe, hablando de la masacre de Badajoz: «¡Pues claro que los matamos!… ¿Que continuara con 4.000 prisioneros o que los dejara libres para que Badajoz fuera roja otra vez?»

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Sedición.

Hace no tanto tiempo, el que suscribe estaba sirviendo al Rey en un Regimiento de Infantería. Como no podía ser de otra manera, me reunía con algunos amiguetes que había hecho en el C.I.R., y comentábamos toda suerte de asuntos, incluyendo las actividades de los herederos de la rebelión militar de 1936. Pues bien, eso nos convertía a todos en reos de sedición, según la legislación aplicable. ¿Era justa? Me atrevería a decir que no. ¿Era lícita? Tampoco. ¿Era legítima? Todavía menos. ¿Era legal? Desde el punto de vista del Derecho positivo, era del todo legal: antes de incorporarnos a filas nos habían leído en voz muy alta las leyes penales militares, para que los numerosos analfabetos que había entre nosotros no pudieran excusarse en la ignorancia si incurrían en alguna actividad prohibida.

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Malversación.

Hace no tanto tiempo, en este país se ha puesto de moda llevar a unos pocos políticos corruptos ante los tribunales. En algunos casos, los jueces han llegado a condenar a unos pocos de ellos a penas que resultan irrisorias cuando se consideran los quebrantos estratosféricos que han causado sus conductas. Por hablar de cantidades, las cifras del caso del Palau de la Música Catalana suman unos veintitrés millones de euros… Un poco menos de la mitad del importe hallado en las cuentas de Luis Bárcenas, sólo en Suiza. En este contexto, la malversación implica la apropiación de caudales públicos en beneficio privado. Es difícil extender el tipo penal a cosas como la compra de unas urnas que no son para amueblar el piso que alguien le puso a su querida en el barrio más caro de Londres.

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Como decía Gimli:

‘The words of this wizard stand on their heads,’ he growled, gripping the handle of his axe. ‘In the language of Orthanc help means ruin, and saving means slaying, that is plain. But we do not come here to beg.’

‘Las palabras de este mago están cabeza abajo’, gruñó, apretando el mango de su hacha. ‘En el lenguaje de Orthanc, ayuda significa ruina, y salvar significa matar, eso está claro. Pero no venimos aquí a mendigar.’

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Luchar contra la corrupción también es luchar contra la corrupción del lenguaje que cometen todos los días unos pocos fiscales, unos pocos jueces… y muchísimos plumíferos mercenarios, al servicio de un sistema que está corrompido de quilla a perilla.

Tal vez lo más sorprendente de todo ello es que buena parte de la población de un país devastado por su propia clase política -y por los intereses económicos que la sostienen- «compre» todas esas mentiras y no vea que el «procés» republicano catalán es la mejor oportunidad que hemos tenido todos para cambiar de verdad las cosas desde que murió Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la G. de Dios, uno de los mayores expertos en rebelión, sedición y malversación que ha dado este país en toda su Historia con mayúscula.

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