Hoy no vamos a hablar de libros,

que vengo de mal humor.

Malos tiempos para la lírica.

Arrancábamos el otoño

con el cierre del Pollo Rico,

quizás el último comedero del Raval

donde uno podía

meterse entre pecho y espalda

un plato sopero de callos

o un menú casero,

pero de los que hacía la abuela,

a precio de currante.

No andaba muy lejos de donde estuvo

el antro-bar de marineros

(por llamarlo de una forma decente)

que regentaba a principios del siglo pasado

mi bisabuela, María Juanola,

y cuya parroquia hubiera hecho sonrojarse

a la mismísima clientela del Madame Jazmine.

Acabamos el otoño con otro palo de narices

para los barrios de mar:

el mismísimo día del solsticio

cerrará sus puertas para no volver a abrirlas

la Librería Náutica de Barcelona.

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