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La “industria del turismo” está de actualidad.

El Primer Registrador de la Propiedad del Reino

ha salido de su ensimismamiento para definirla

como “fuente de riqueza, empleo y prosperidad”.

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En el año 2000, Lorenzo Silva

nos describe una situación típica.

Bevilacqua llama a Pereira:

Llamé al teléfono móvil de mi comandante, un acto que nunca afrontaba sin cierto temor, por razones comprensibles para cualquiera. Sonó cinco veces, y cuando dejó de hacerlo lo que inundó mi auricular no fue la voz de Pereira, sino los acordes de una zafia versión de la Lambada. Eso me permitió colegir que mi jefe no paraba en un selecto club náutico.

– ¿Quién es? -le oí al fin gritar.

– Mi comandante. Soy Vila.

– ¿Quién? ¿Cómo? ¿Vila? Espera, que me aparto de este maldito altavoz.

De fondo se oían berridos de niños y conversaciones a gritos de adultos que trataban de imponerse en diversos idiomas a los niños y al estrépito de la megafonía. Pereira debió de apartarse un buen trecho, porque cuando volvió a surgir su voz en la línea pude oírla con bastante nitidez.

– No sé si le pillo en buen momento -dudé.

– Depende de lo que entiendas por eso -repuso-. Ahora mismo estoy siendo víctima de una estafa y de varios delitos contra la salud pública en un chiringuito de… [aquí puede poner usted el nombre de cualquier destino turístico de sol y playa].

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Esta cita procede de “El alquimista impaciente”, Destino, ISBN 9788423344260.

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Más allá de lo típico y de lo tópico, es evidente que el intento de satisfacer a toda costa toda la demanda turística nos lleva inexorablemente a la saturación.

La cosa ya es insostenible, pero los plumíferos mercenarios y el resto de los opinadores a sueldo de Los Poderes Que Son siguen promoviendo la turismanía.

Los mismos cretinos que han aplaudido a los fautores de todas esas burbujas que ya han reventado nos dicen que ésta es la fetén:

esto es un país de servicios, y está escrito en las estrellas que nuestro destino es ser los camareros de los bares más cutres del mundo

y despachar alcohol de garrafa a “ese turismo de saldo que los verdaderamente pudientes desprecian”.

Esto también es de Lorenzo Silva, “Del Rif al Yebala”, Destino, ISBN 9788423352319.

La agricultura, la industria, el comercio, todo… debe ponerse a disposición de Airbnb y sus congéneres, a cambio del maná que tiene que sacarnos de “la crisis”.

La turismanía es una “fuente de riqueza, empleo y prosperidad”. Tal vez, pero… ¿para quién, o para quiénes?

¿Cuánto recaudan la Hacienda pública y la Seguridad Social a cuenta de todo ese… de toda esa… de todo eso?

¿Cuánto empleo “de calidad” ha generado el actual “boom” de la movilidad de fin de semana?

¿Cuánto cobran los camareros que sirven, como dice Lorenzo Silva,

“el reprochable menú de aquel restaurante para turistas de tres al cuarto”?

Esta certera definición nos la da en “El lejano país de los estanques”, Destino, ISBN 9788423338443.

Es curioso que haya hecho falta que salga a la palestra pública

el Excelentísimo Señor Presidente del Superior Gobierno

para sacarme a mí de mis casillas, en las que estoy tan bien instalado…

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