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Dedicado a  Manolo Maristany

(o Manuel Maristany,

como le conocen algunos…)

Ultima Hora,  2 de noviembre de 2001

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Sobre gustos no hay disputa. Yo soy eso que se llama en inglés un “rail buff”.

Para mi gusto, un ferrocarril hace mucho más interesante un paisaje, porque uno espera ver un tren.

Una locomotora de vapor parada en una estación es un gran espectáculo; en marcha me resulta fascinante.

Por eso soy miembro de la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Barcelona. Entre mis consocios también hay una minoría de partidarios de la tracción eléctrica. Están, digamos, dentro de la verdadera fe, aunque peligrosamente cerca de la herejía. Yo los comprendo muy bien porque mis primeras experiencias del fenómeno ferroviario las tuve con locomotoras eléctricas. Ver una 7200 arrancando doce coches de cuatro ejes en la curva cerrada de Zumárraga deja una impresión perdurable en un chico que a los dos años ya se escapaba a la estación a ver el tren del Urola.

http://www.wefer.com/w5/renfe/272.htm

¿Que no sabe usted qué es una 7200? Pues mire, ahora no queda ninguna en circulación. Hay una en el Museo de Vilanova i la Geltrú. Es una locomotora eléctrica que mide 24 metros de largo y pesa la friolera de 145 toneladas. Tiene doce ruedas motrices de 1,56 metros de diámetro y otras ocho más pequeñas. Cuando uno mide algo más de un metro y pesa unos cuarenta kilos, resulta un artefacto imponente que se graba en la memoria.

Renfe 7200  –  Museu del Ferrocarril de Vilanova i la Geltrú

De todas formas, pronto me di cuenta de que las máquinas de vapor, incluso las pequeñas, eran todavía más ferroviarias. Tal vez Manolo Maristany sea el fotógrafo de trenes más admirado de España. Cuando se dio cuenta de que la tracción vapor desaparecía sin remedio, se echó al monte con una cámara para capturar imágenes de aquellas máquinas cuyo futuro era caer descuartizadas por el soplete. Hizo fotografías muy, muy espectaculares de locomotoras lanzando enormes nubes de humo. Las conseguía por el sencillo expediente de advertir a los maquinistas del punto de la vía en que iba a instalarse. A fin de no morir en los túneles, cierran la chimenea con una tapa, la abren al salir, y sueltan un chorro de vapor directo de la caldera para forzar el tiro. En ese momento se produce el famoso penacho de humo. En realidad, es casi todo vapor. Pues bien, los maquinistas ejecutaban ese procedimiento unos minutos antes de llegar al lugar convenido y Manolo sacaba unas fotos acojonantes. Publicó muchas en “Adiós, viejas locomotoras”, un libro muy especial para los amigos del ferrocarril.

De la misma forma que muchas personas van a ver museos, catedrales o grandes almacenes cuando visitan ciudades que no conocen, yo intento ir a ver las estaciones. En esta vida hay gente para todo…

Con estos antecedentes, no creo que se extrañe usted si le cuento que la actividad estrella del único fin de semana que he pasado en Mallorca fue ir en tren a Sóller. Es una experiencia maravillosa. De entrada, el material se parece mucho al del Urola, cosa que para mí ya es un mérito sobresaliente. El trayecto pasa por sitios preciosos. Es un viaje que gusta a todo el mundo, por embotado que tenga el sentido estético. No he tenido ocasión de repetirlo, pero cada vez que voy a Palma intento al menos entrar en la estación.

Naturalmente, Manolo habló de él en su enciclopédico libro “Carrilets de España”. Y también ha escrito “Prodigioso Tren de Sóller”, en plan monográfico. Basta echarle una ojeada para ver por qué la compañía es rentable. La línea combina ejemplarmente su función de medio de transporte con la de mirador panorámico móvil.

A mí me gustaría poner el  tren de Sóller  en Eivissa. No hablo de un sucedáneo, ni de algo parecido, ni de un ferrocarril más moderno. No, yo querría que la misma empresa abriese una delegación en Eivissa, obtuviera una concesión y pusiera una línea por los parajes más hermosos de la isla, con el mismo material móvil, los mismos tranvías, etcétera. Vamos, lo mismo.

Como eso es, digamos, muy difícil de instalar por aquí, me conformo con promover el  Aerobus,  un sistema elevado que tiene casi todas las ventajas del ferrocarril.

¿Usted ha ido alguna vez en teleférico? Ya sabe, esas cabinas que van colgadas de unos cables. Suelen funcionar como atracción turística, porque los viajeros pueden disfrutar del panorama. Si es hermoso, ya es razón para hacer uno.

Como medio de transporte tiene inconvenientes y ventajas. Como todo en la vida… Tiene en contra que cabe poca gente en las cabinas, que sólo sirve para distancias cortas y que suele ser tirando a lento. Esto es según se mire; si no hay que ir lejos, para qué ir deprisa. La idea de que la velocidad es buena “per se” es uno de los grandes errores de nuestra época.

El teleférico tiene varias ventajas que le son propias. Casi no ocupa terreno; sólo las estaciones y las bases de las torres. Requiere muy poco personal, porque los vehículos no llevan conductor. Es barato de mover. No contamina. Y es prácticamente silencioso.

Si las cabinas fueran más grandes, si no dependieran de un cable tractor, y si fueran un poco más rápidas, un teleférico sería una buena solución para transportar personas y equipajes entre el aeropuerto de Eivissa y Formentera. Si sustituye barcos de pasaje, no hay que ampliar los puertos. Como puede tener una parada junto a cada hotel, no importa seguir trayendo más autobuses y más coches y más motos. No hay que aparcarlo, y el viaje sería una delicia estética. Especialmente cuando uno cruza sobre Es Freus sin marearse. Pero las limitaciones del medio son inseparables de las ventajas.

Ahora imagínese usted ese mismo teleférico con unas cabinas bien amplias, circulando a bastante velocidad sobre cables tendidos entre torres separadas doscientos metros. Visualice lo que sería cruzar Es Freus por uno de estos puentes colgantes que diseña  Santiago Calatrava  que, al menos a mí, me parecen bellísimos. Pues mire usted, el  Aerobus  es exactamente eso. Visto de lejos, se parece a un teleférico. Pero los vehículos no dependen de una maquinaria fija, porque son autopropulsados. Los mismos cables de suspensión conducen la corriente eléctrica para alimentar los motores. No llevan conductor porque son telecomandados desde un centro de cálculo. Las líneas se pueden llevar a cualquier distancia. A mí me parece que unir el aeropuerto con Formentera sería muy útil. Pero nada impide que siga hasta Eivissa, Talamanca, Jesús, Puig de’n Valls o Ca’n Negre, pasando por encima de todo el tráfico actual.

Y desde el punto de vista de los viajeros, es todavía mejor que el tren. Piense usted que va a cosa de siete metros de altura y que el panorama es mucho más espectacular que a ras de tierra. Y si no le gustan los postes del Aerobus, ocurre que viajar en él es la mejor forma de no verlos…

(( CONTACTO ))

Doble tracción de locomotoras eléctricas de la antigua serie 7.200 de la Compañía del Norte fotografiadas en Irún en 1955.

Fotografía de Christian Schnabel

Juanjo Olaizola Elordi  –  Más apuntes sobre la tracción eléctrica

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