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Sucedió cierta vez que el gran rabino de Varsovia, invitado a un banquete oficial, se encontró en la mesa al lado del obispo de la ciudad. Este. con la intención de divertirse a costa del viejo judío, lo invitó a servirse alcanzándole un plato con jamón.

– Muchas gracias, reverendo – replicó el rabí – pero ¿no sabe que esta comida está prohibida por mi religión?

– ¿De veras? – respondió con tono ingenuo el obispo -. ¡Qué religión tan extravagante! Este jamón es una delicia.

Terminado el banquete, el rabí se despidió cortésmente de su vecino, y agregó:

– Reverendo, no deje de presentar mis respetos a su esposa.

– ¿A mi esposa? – se sobresaltó el obispo -. ¿No sabe que mi religión prohibe el casamiento a los sacerdotes?

– ¿De veras? – murmuró el rabí – ¡Qué religión tan extravagante! ¡Una esposa es una delicia!

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