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Y un temor se apoderó de mí:

el de que verdaderamente el faraón,

los cortesanos, los nobles y los dignatarios

que vivían en la ociosidad,

así como yo durante estos últimos años,

no fuésemos más que parásitos

engordados por el pueblo,

como las pulgas

en la pelambrera del perro.

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Quizá la pulga

en la pelambrera del perro

se imagina ser lo esencial

y que el perro no vive

más que para mantenerla.

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Quizá también el faraón y su dios

no son más que dos pulgas

en la pelambrera de un perro

y no procuran a éste

más que molestias sin ningún provecho,

porque el perro sería más feliz sin pulgas.

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