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Centro de la ciudad de Ushuaia, al lado del canal de Beagle.
Distancias a otros puntos de la Argentina

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¿Quién no soñó con ir a Ushuaia? Si ya con ese nombre atrae, ni hace falta que sea la ciudad más austral del mundo.

Es algo psicológico. Como subir a la montaña y ver la lontananza, y creer que es infinito y que se está en la cima del mundo y que tal vez mirando hacia abajo se puede ver lo que uno quiera, porque todo está abajo y que ya está, que no hace falta más. De igual modo, imaginar Ushuaia es imaginar que uno está en el sur, al menos el sur continental, cierto, y que si me paro de espaldas al canal de Beagle, todo todo está al norte. Y que sólo basta dar el primer paso para iniciar una caminata que puede ser la más larga de todas.

Y si bien no me considero un viajero ya que, como decía en una nota que leí “lo que diferencia al viajero del turista es que al primero en el viaje se le va la vida. Toda su biografía no se entiende, no se articula sin él. El viaje es para él una cuestión existencial y profesional… en el caso de un viajero el viaje estructurará una existencia, formará parte de su epitafio”. Tal vez deba asumir el deshonroso rol de turista, ese personaje tan amado por los comerciantes y tan despreciado y a veces envidiado por el común de la gente. Pero prefiero decir que soy curioso. Insaciablemente curioso. ¿Por qué no ir a la Antártida, y al mismo Polo Sur? ésas son mis preguntas, por ejemplo.

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Vista de Ushuaia y el Canal desde las laderas de El Martial

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Pero ahora conseguí llegar a Ushuaia. La alegría, la fascinación de llegar me hizo recordar a la emoción de ver las cataratas de Iguazú, aunque Iguazú sigue siendo inigualable.

Por suerte pregunté qué convenía, si sentarme a la derecha o a la izquierda del avión. Parece una pregunta tonta, pero yo sé que, por ejemplo, si voy en avión a San Juan desde Buenos Aires, y tengo probabilidades de llegar con luz de día, es absolutamente preferible sentarse a la derecha para disfrutar del hermoso paisaje del desierto, antes de sobrevolar la sierra de Pie de Palo, para cruzar Caucete, el Río San Juan y llegar al aeropuerto. A la izquierda, me dijeron. Porque el avión hace un giro hacia el lado chileno, y luego torna a la izquierda y desde esa perspectiva ves con perfección los canales fueguinos. Y así fue.

El vuelo salió a las cinco y media de la mañana, y llegó cerca de las nueve y media, sin escalas. Con sólo sobrevolar los canales uno ya se enamora de esta tierra -y esta agua-, dan ganas de estar allí, entre sus cerros, sus lagos, sus bosques, su mar. Y recorrerlo todo, no dejar un rincón sin explorar.

En el aeropuerto no tuve problemas para salir, por más que decía haber controles sanitarios, entre los cuales se indicaba que no podía ingresar miel, y yo llevaba en mi mochila de mano dos kilos y medio de miel de Calingasta!!! Pero como buen argentino me hice el tonto y pasé como si nada. Quería llamar por teléfono a Mirna, la tía de Patricia, que me había ofrecido alojarme en su casa, pero los teléfonos públicos del aeropuerto no aceptan monedas, ni tarjetas con chips, sólo aceptan tarjetas Telecom Global, cosa que jamás supe de qué se trata ya que en San Juan tenemos Telefónica. No hacía frío.

Así que decidí tomar un taxi hasta la casa de Mirna. No es caro, debe ser la tarifa más baja del mundo desde el aeropuerto hasta el centro, sólo $ 5. Ni hablar de medirlo en dólares.

Fue tranquilizante llegar y ver que se abrían las puertas aún antes de haber bajado del taxi. Al fin y al cabo iba a vivir una semana con una familia que no conocía, y sólo había hablado dos o tres veces por teléfono previamente con Mirna.

El libro “Fuegia”, que me prestó Renato, ya estaba casi terminado. Era una historia ficticia sobre la vida de los últimos aborígenes antes de su desaparición al contacto con la “civilización”. De algún modo, a pesar de la ficción, muestra claramente algunos errores que se producen cuando se encuentran dos culturas, y cómo a veces por querer hacer el bien resulta el mal, como por ejemplo al darle ropa de algodón y otros abrigos que servían para incubar enfermedades.

Mirna, buenísima, toda una madre. Me recibió como si nos conociéramos de siempre. Desde el principio me sentí como en casa. Mauro, su nieto, dormía.

No bien me instalé, decidí salir a hacer un reconocimiento de la ciudad. Generalmente el primer día para mí no es un día con actividades fuertes, sino que debo ubicarme, lo de siempre, deambular por ahí, perderme y luego encontrarme de nuevo.

Así que fui al centro de la ciudad, no es difícil ubicarse porque hay que seguir la costa del canal de Beagle, y al llegar a la zona céntrica hay unas diez cuadras de comercios y demás, por la calle Maipú, con otra calle paralela – San Martín – que es donde se concentraba toda la actividad. Obviamente me alejé de esta zona para ver qué había más afuera: casas de familia.

En la Oficina de Turismo me atendieron realmente muy bien. Me dieron varios folletos completísimos donde se explicaba todo: historia, flora, fauna, actividades de invierno, etc. Eran siete en total. Así fue que decidí ir al museo de lo que había sido el Penal de Ushuaia, ya había leído sobre él, y es parte central de la historia de Ushuaia, ya que fue el comienzo de la colonización de la ciudad. La primera foto que saqué fue en una celda junto a la imagen del “petizo orejudo”, un delincuente que mataba niños en Buenos Aires. También en el patio del museo había una réplica del verdadero “faro del fin del mundo”. Al principio recorría el museo leyendo carteles y demás, pero luego enganché con una visita guiada (en la entrada no me dijeron que existía ni a qué hora comenzaba), que hizo más grata la visita. A esa hora ya no había café que me mantuviera despierto.

Bueno, después de dar vueltas por ahí decidí volver a casa, ya eran como las siete de la tarde. Fue entonces que descubrí que Mirna me esperó para almorzar, y me di cuenta de que era como en casa, debía haber avisado que no iría. De todos modos no hubo mayores recriminaciones. Esa tarde conocí a Daniel, hijo de Mirna, y a su espora Rosa, y también al centro de atención de la familia: Antonella, una belleza de once meses, muy simpática.

Con Daniel intercambiamos ideas acerca de qué era lo mejor para hacer en Ushuaia, y decidí que al día siguiente iría al Glaciar El Martial.

A la mañana del segundo día Daniel me pasó a buscar para llevarme hasta la base del glaciar, en ese lugar hay unas telesillas que funcionan a pleno en invierno para subir a los esquiadores, yo subí caminando por una cortada en medio de los árboles que, según me dijeron en invierno está llena de nieve y es la pista de esquí. Cuando superé el nivel de la telesilla, el camino se hizo más despejado, sin árboles, y entonces fijé mi vista en el objetivo: la nieve.

Caminé y caminé, subí y subí, hasta que encontré la nieve. Pero claro, quise subir más y encontré más nieve, así hasta que sólo había nieve y no podía subir más. Desde allá arriba se veía hermosa la ciudad recostada sobre la bahía. De glaciar no vi nada, sólo las nieves eternas, pero no esos bloques de hielo azul que llaman glaciar, seguramente estaban más arriba aún. Pero ya me sentía satisfecho con lo conseguido.

Al regreso volví a pie hasta la ciudad, acompañado por una pareja de Paraná que encontré en la ascensión. Lo bueno de Ushuaia en verano es que el día no termina más – al menos en verano – así que volví como a las cinco, agotadísimo, dormí la siesta, y a las siete todavía era pleno día, con lo que decidí volver al centro a ver qué cosas nuevas encontraba, qué había escapado a mi inspección del día anterior.

También tomé contacto con Hugo Flores, sanjuanino, hermano de un amigo de San Juan. Con él coordinamos para ir el jueves al Parque Nacional, y el viernes a su criadero de perros.

Esa noche me quedé charlando hasta tarde con Mirna, me contó su vida, cómo llegó de Calingasta a Ushuaia, de su padre que había fallecido hace unos días en San Juan. Mientras, pasaban un recital de The Cranberries por la tele. Hasta hoy es la música que me recuerda Ushuaia, como The Outfield me recuerda Cancún, o Cortázar me recuerda Resistencia, o como ciertas tardes de frío (y algunos días de primavera) me recuerdan un gran amor.

El miércoles, luego de probar las frambuesas que crecían en el fondo de casa, Daniel me acercó hasta el borde de un bosque muy lindo, de lengas y coihués, me indicó el camino y partí. Creo que arranqué a las diez, no sé. Durante el camino elegí un báculo para que me acompañara en el camino, al estilo Gandalf. Llegué hasta la estancia El Túnel, pedí agua y seguí viaje hasta el río “encajonado”. Desde la estancia en adelante me seguía un perro negrito, que mantenía una prudente distancia, y cuando me detenía él también lo hacía, sólo cuando dudé si seguir o volver cuando el camino se puso feo por el barro, él tomó la delantera y a partir de ahí él fue mi guía hasta llegar al río. Había mucho viento, y el mar estaba furioso, realmente un espectáculo de la naturaleza. Ya tenía hambre, así que miré alrededor y vi unas pelotitas color morado, o algo así, me parecieron comestibles y las comí. Al rato llegaron dos personas que me convidaron mate y me confirmaron que esas “pelotitas” eran Cafayates. Mi suerte estaba echada, pues dicen que si los comes vuelves. No me molestaría en absoluto.

Cuando emprendí el regreso me dijeron que era cerca de la una. Disfruté profundamente la caminata por el bosque. Si miraba hacia la costa se veía escondido el canal, hacia arriba había más bosque. A veces una sombra profunda, otras un claro de sol. Mientras más me aproximaba al punto de partida encontraba más gente. Es un lugar muy concurrido. Desde ahí hasta la ruta había unos tres kilómetro más, y después llegar hasta la parada del autobús. Como a las seis y media, llegué muerto de hambre al centro, así que localicé una casa de té y me desquité con un sabroso chocolate, con tostadas, mermelada de ciruelas, dulce de leche y una gran porción de una tarta de dulce de leche.

El jueves fui temprano al centro a ver si podía navegar por el canal pero el viento impedía que salieran las excursiones, así que decidí comprar los regalos para mis sobrinos y mi mamá. En eso se fue toda la mañana. Luego del almuerzo Hugo vino a buscarme con uno de sus hijos.

Hugo vino a Ushuaia un mes después de casarse, hace 17 años. Su primer trabajo fue en el Parque Nacional. Según cuenta, cortaba leña, limpiaba los baños, y hacía de todo un poco, sin ser guardaparques ni gendarme. Leandro, el segundo de tres hijos varones, no había ido nunca con él al parque, así que aprovechaba para contarle de cada lugar cómo fue su vida cuando llegó. Era una lección práctica de cómo cuando hay voluntad de trabajo se puede progresar. Conocimos el Lago Roca, la Bahía de Lapataia donde termina la ruta nacional 3, estuvimos en el muelle donde se embarca para la isla Redonda, y charlamos con el hombre que se cree no sólo el dueño de la isla, sino que cree que es un país aparte, su país, y considera el muelle como su embajada en la Argentina.

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Con Leandro en el Parque Nacional. Fin de la Ruta Nacional Nº 3

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Fue una decepción descubrir que al sur, Argentina limita también con Chile ya que esa enorme isla que se ve desde Ushuaia y desde toda la costa del canal, la isla Navarino, es cien por cien chilena. Con razón hace cien años se apuraron a instalar la colonia penal, si no hubiera sido así, dudo que hoy Ushuaia sea argentina.

Más tarde (los días no terminan nunca) volvimos a casa y fuimos con Graciela, esposa de Hugo, y Nahuel, el hijo más chico, a ver un lugar hermoso, un bosque maravilloso donde sueñan con construir un centro invernal y tener su criadero de siberianos. Leandro está convencido de que su padre lo hará, para él todo lo que Hugo se propone lo consigue. Al llegar la hora de partir (aunque todavía no oscurecía) Hugo los llamaba con silbidos, luego me explicó que tienen distintos tipos de silbidos, el que significa “vamos a casa”, el que significa “dejen todo y vengan a mí que los necesito”, y no sé qué más, pero parece que en zona boscosa es muy útil.

Esa noche cené con Hugo, Graciela, Leandro y Nahuel. El mayor había salido al centro con sus amigos.

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Con dos cachorros siberianos en la entrada del criadero de Hugo

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La verdad que el día viernes fue impresionante. Quizá por lo imprevisto, ya que de algún modo siempre soñé con caminar por los bosques de Ushuaia, o subir a sus montañas, y sabía que me iba a gustar. Pero nunca hubiera planeado pasar un día completo en un criadero de perros, aunque fueran siberianos, y menos que me iba a gustar tanto. No sólo por los perros, sino también por lo que era ver en acción a la familia Flores, trabajando como un equipo. Cada uno en su puesto, limpiando excrementos, o dando alimento, o la tarea que haga falta, y ninguno se quejaba, lo hacían con gusto.

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Fin de la caminata por el bosque, junto a la desembocadura del río

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Todo el día fue así, con los perros, con los turistas que se enloquecían al verlos. También hicimos una escapada al lago Escondido, y al Fagnano, y fuimos a conocer a Polo. Dicen que es el último perro polar argentino, una raza creada por el ejército para las excursiones al polo sur. Para mí, que no sé nada de perros, me parecía un siberiano pero mucho más grandote, y algo de siberiano tenía. Es una pena que sea el último de su raza, el verlo y saber eso inspira un extraño respeto, no sólo de mi parte, sino de todos los que lo rodeábamos mientras hablábamos de él.

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A mitad de camino por el bosque

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También anduve en un trineo, aunque con ruedas, y es hermoso ver qué bien se portan esos perros tan nobles. La verdad, me encantaría verlos en acción en invierno. Por supuesto que recordé la película del chico canadiense que compite en la carrera de trineos luego de la muerte su padre, no recuerdo el nombre, pero en su momento me impactó mucho.

El día se pasó volando y no supe en qué, pero fue fantástico.

Por la noche, con Mirna y familia fuimos a cenar y probé el famoso cordero fueguino, la verdad es que estaba buenísimo. Comimos como huérfanos, y luego de un paseo por la ciudad a la luz de la luna llena volví a dormir por última vez en Ushuaia.

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Ushuaia desde el Canal de Beagle

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El sábado, último día, gracias a Dios no corría viento, y hasta había sol y estaba tibio el clima, así que pude navegar por el canal de Beagle. Lo bueno de todo es alejarse e imaginar lo que vieron los navegantes hace no tantos años, cuando llegar a estos lugares era una aventura en que se arriesgaba la vida, y los barcos no sabían si cruzarían al otro océano. También me quedó la intriga de lo que es cruzar el canal de Magallanes, quién sabe si algún día…

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Lobos marinos en un islote del Canal de Beagle

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En la excursión estuve cerca de lobos marinos, cormoranes (parecidos a pingüinos pero no son pingüinos). Pasamos por el faro que marca la entrada a Ushuaia, y donde a principios del siglo XX se hundió el “Monte Cervantes” con mil doscientos turistas de Buenos Aires. Por suerte se salvaron todos, y como había más turistas que habitantes en la ciudad, muchos terminaron durmiendo en el presidio.

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Faro a la entrada de Ushuaia

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Al volver al puerto había dos cruceros gigantescos llenos de turistas, no se cuántos, pero vi muchos japoneses con camperas rojas que decían “expedición Antártida”, si hasta daban ganas de colarse. A la salida del puerto los taxis tenían carteles que promocionaban tours por el Parque Nacional (aunque lo tienen prohibido). El cartel decía: PARQUE NACIONAL U$S 30 HASTA 4 PERSONAS – UNTIL 4 PEOPLE. Me quedé pensando que “until” es un adverbio de tiempo y no de cantidad, pero bueno.

A partir de ahí todo se precipitó en despedida, el almuerzo, la visita a la casa de Daniel, la mochila, el aeropuerto y casi diría chau, salvo que el vuelo demoró un par de horas, que a la larga me permitieron ver desde el aire cómo nacía la luna llena en el horizonte. Ya iba rumbo a Buenos Aires, que no es mi casa pero es algo más cerca y conocido…

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