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En cada lugar se vive
la diversidad lingüística
(conjunto de lenguas)
y la variación lingüística
(conjunto de variedades
de una lengua)
de manera diferente.

En comunidades lingüísticamente normalizadas, puede aparecer de vez en cuando una propuesta como ésta de «El principito» en andaluz y no pasar de ser una ocurrencia que genera alguna polémica de baja intensidad.

En castellano (lengua normal en su territorio histórico, es decir, con plenitud funcional) se tiene muy clara la relación entre los ámbitos de uso y los registros que corresponde emplear en cada caso.

En el caso de las lenguas románicas embrionarias (francoprovenzal, asturiano, siciliano, emiliano, y un larguísimo etcétera), traducir «El principito» se convierte en un acto casi folklórico que quiere visibilizar unas lenguas que, si bien son valoradas por los hablantes o poco estigmatizadas, conviven en un panorama de diglosia con lenguas oficiales completamente normalizadas (francés, español, italiano…), lo que les ha permitido ser usadas aún en nuestros días, aunque sólo en unos determinados ámbitos: la celebración o la liturgia local, el ámbito doméstico, etc.

El caso del catalán es diferente, es la nuestra una lengua que disfrutó entre los siglos XIII y XV de plenitud funcional (o hasta el siglo XVIII en ámbitos administrativos) en el marco de una estructura política independiente (la corona de Aragón), que perdió esta plenitud funcional (y muchas otras cosas), y que se encuentra en un proceso de normalización lingüística orientado a la recuperación de una plenitud funcional que hoy por hoy no existe. Muchas de las traducciones de «El principito» participan de esta voluntad de normalizar una lengua en el concierto de las lenguas del mundo (unas 5.000-6.000), un impulso para hacerlas participar de la cultura universal.

Y como un proceso de normalización reposa sobre una normativización (conjunto de normativa gramatical), se da el caso de que en ocasiones se intenta bloquear estos procesos de normalización atacando la variedad estándar de la lengua, que es la variante supradialectal que permite generar el espacio comunicacional adecuado para el uso normal de la lengua en la comunicación masiva (TV, educación, administración, etc.) Y el modo principal de atacar la unidad lingüística es proponer otras variedades de la misma lengua. Variedades que, aunque desde el punto de vista científico son válidas, no tienen ninguna tradición escrita ni reflejan a través de su léxico la globalidad del dominio lingüístico al que pertenecen.

No creo que ésta sea la intención de versión en andaluz de «Er Prinzipito». No creo que sus promotores pretendan reivindicar ninguna lengua, ni iniciar pasos hacia su «normalización». Otra cosa sería si hicieran una versión en mallorquín, o en pollencino, o en el habla de ses Roques. En estos casos sí se generaría confusión y estaría justificada una reacción, porque siglos y siglos de subordinación lingüística nos han moldeado una visión de las cosas en que la lengua «de ir por el mundo» es el castellano y para las cosas de más cerca y menos importantes está el «habla» de cada lugar, denominada con peyorativos («payés») o con el gentilicio de cada lugar («menorquín», «ibicenco», etcétera).

En cualquier caso, seguro que la peripecia interlingüística del célebre libro de Antoine de Saint-Exupéry sobrepasa estas pinceladas. Es un libro que ha tenido la virtud de hacer posible que se le adhieran valores de toda clase, filosóficos y también filológicos. En este último campo, nos recuerda de nuevo que no es necesario siempre pasarse a la lengua del vecino más rico o más fuerte.

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Recomendable el blog de Jordi Riera

sobre las lenguas de «El principito»,

con entradas muy curiosas propiciadas por

la colección de pequeños príncipes que atesora,

http://collecciopetitsprinceps.blogspot.com.es/

afición que comparte también con

Maite Ferrer Ramon

y que tenemos la suerte de ver cada poco tiempo

en los muros del Facebook.

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