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La arquitectura abstracta

es uno de los sinsentidos

más tontos de nuestra época

(véase mi artículo “Un edificio abstracto”,

revista El Péndulo número 2, Logroño, 2000).

Eso sí, tiene mucho éxito para el turismo:

cualquier foto que haga uno

(y lo propio del turista es siempre hacer fotos)

sobre el Guggenheim de Bilbao tiene

un cien por cien de posibilidades

de convertirse en un Kandinsky;

y si es con la novia delante,

pues un Kandinsky con novia.

Haber convertido en edificios carísimos

el desorden formal de un amasijo de hierros

o la fractura de dos arquitecturas que chocan entre sí,

tiene el mérito de haber interpretado oportunamente

la estupidez de nuestra época,

pero como ejercicio en la disciplina de composición,

insisto,

no merecen ni hacer el esfuerzo de la crítica.

Yo lo hago con el Ayuntamiento de mi ciudad

por cariño hacia mi profesor de arquitectura

y hacia mi ciudad,

pero no más.

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