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Según el análisis

que hizo Aristóteles

en su «Política»,

sólo hay

seis formas

de gobierno.

Su  «monarquía»

viene a ser el despotismo ilustrado de un autócrata

que resuelve las cuestiones buscando lo mejor para el interés público.

Pero no es difícil que un simple ser humano se equivoque

y llegue a pensar que lo que es bueno sólo para él

es bueno para la totalidad de la población.

Cuando un monarca llega a la  «tiranía»,

lo habitual es que un grupo de conspiradores formado en su propio entorno le dé muerte

y proclame a grandes voces la vuelta a los fueros de antaño,

al respeto de las libertades individuales, o «words to that effect».

Los patricios forman un comité de control que sufre un proceso natural de deterioro.

Cyril Northcote Parkinson estudió muy bien las leyes que lo rigen.

La  «aristocracia»,

que era el gobierno de los mejores,

se convierte muy pronto en una  «oligarquía».

Hay unos pocos que «cortan el bacalao» a su gusto y conveniencia,

y eso dura hasta que el populacho se alza en armas y monta la Revolución Francesa,

toma el Palacio de Invierno e inventa la  «democracia».

La realidad es que el poder cae rápidamente en manos de los «tribunos de la plebe»,

que son, como su nombre indica, representantes de su tribu.

Una ciudadanía cada vez más aborregada ve que el gobierno es una «demagogia»,

busca un «hombre providencial»  -hay candidatos de sobra-

y le da la mayoría absoluta, es decir, lo erige en dictador.

Y así para siempre.

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