Es indudable que el déficit de la balanza comercial española hubiera costado al país serias dificultades financieras de no haber estallado la guerra en 1914. Durante los cuatro años que duró el conflicto, la industria española consiguió unos saldos fuertemente positivos que le permitieron pagar el utillaje comprado, liquidar las deudas anteriores (entre ellas, las de los ferrocarriles), acumular una importante reserva en oro (2.223 millones de pesetas) e incluso invertir capitales en empresas extranjeras (CHADE, en Argentina). Gracias a esta coyuntura altamente favorable, la renta nacional pasó en algunos años de 15.000 a 22.000 millones de pesetas (valor de 1929).

La industria textil catalana, en decadencia desde la pérdida de las colonias, cobró nuevo vigor. En un determinado momento pareció incluso que iba a salir de una situación terriblemente paradójica, que consistía en vivir de un mercado interior miserable al precio de una política proteccionista aplastante. En escaso número de años se constituyeron fortunas fabulosas, que transformaron los marcos sociales de la región, y promovieron una nueva burguesía de tradiciones menos sólidas, más preocupada por sus intereses materiales que la de 1901. En cuanto a la industria metalúrgica vasca, la guerra le dio un impulso tan vigoroso que en breve plazo vio multiplicarse por catorce su cifra de negocios. Éste es el origen de la prosperidad y la potencia de la industria vasca contemporánea.

Y, sin embargo, el español medio no se enriqueció en absoluto. Su renta individual se elevó sólo de 800 a 1.000 pesetas anuales. Esta diferencia se debe al aumento del coste de vida y a una política ineficaz de redistribución de la riqueza. El Banco de España y las grandes sociedades de crédito del país – Banco Hispanoamericano, Banco de Bilbao, Banco de Vizcaya – orientaron la inversión de los beneficios colectivos con un espíritu de gran egoísmo. Por ello la economía española no sirvió verdaderamente al interés nacional. La agricultura continuó sometida a los grandes propietarios y a los usureros, mientras los campesinos luchaban, en las ciudades, contra la incomprensión del medio, la carestía de la vida y la desmedida exhibición de riqueza de los nuevos ricos. Por estas razones, la expansión de la economía española contribuyó a agravar el problema social en vez de ayudar a resolverlo.

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