Dedicado a Pedro Lasa

Última Hora, 6 de junio de 2001

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Hasta hace bien poco tiempo, el uso del agua en Eivissa se regía por unos criterios que ahora llamaríamos «sostenibles». Era un recurso valioso y escaso, que se administraba con celo. Y es que, si se terminaba, la cosa podía ser grave. No era fácil montar un trasvase desde alguna cuenca hidrográfica vecina, ni traerla en barco. Simplemente, «estam … si no plou».

Ahora el agua es básicamente una mercancía, o sea, algo que se puede comprar por un precio. Conseguirla se ha convertido en un problema de dinero. Mientras paguemos, la tecnología moderna hará salir agua de los grifos. La cosa funciona como eso de la movilidad de que hemos hablado en otras ocasiones. Mientras los precios del petróleo son bajos, el tiovivo gira. Cuando suben, seguimos montados en el caballito, pero la música no se detiene y nos hacen pagar a cada vuelta, cada vez más caro… Estamos atados a un modelo económico que se puede volver insostenible de la noche a la mañana, porque depende de factores que no controlamos.

Es una de tantas razones para cambiar radicalmente el modelo de movilidad en Eivissa. El que tenemos ahora consiste en facilitar el acceso en automóvil a todas partes. Uno de los inconvenientes de eso es que permite y fomenta la urbanización generalizada. Que implica a su vez que una parte creciente de la superficie de la isla vaya siendo cubierta con asfalto y otros materiales impermeables. Esto no es de ahora. A los seres humanos nos molesta la humedad, sobre todo a la hora de dormir. Desde que empezamos a vivir en casas, siempre hemos procurado impermeabilizar los techos. Con las técnicas tradicionales, el agua de lluvia se recoge en cisternas y puede usarse, por ejemplo, directamente para beber. Ahora sigue siendo un recurso tan valioso como siempre, o quizá más. Pero lo estamos tratando como un desecho que hay que tirar al mar cuanto antes. Por eso la recogemos de las cubiertas de los edificios, la metemos en bajantes y la arrojamos a las alcantarillas junto con la, ejem, con otra cosa.

En otras palabras, del cielo cae agua limpia que es gratis. Nosotros la ensuciamos. Y luego tenemos que pagar por depurarla. Aunque lleguemos a quitar totalmente la, ejem, la otra cosa, el caso es que ese agua tiene, digamos, mala prensa, y no solemos usarla para beber. Al menos, conscientemente.

Volviendo al asfalto, vemos que se comporta como las cubiertas. Cada vez ocupa más superficie, entre viales y aparcamientos. El agua de lluvia que cae sobre calles y carreteras se contamina con los desechos variadísimos que han dejado los automóviles. De ahí se vierte a las cunetas y, si no se infiltra en el terreno, sigue bajando hacia el mar. En Eivissa hay varias zonas húmedas en los lugares donde el agua afluye naturalmente. Una de ellas está en la entrada a Vila por la carretera de Sant Antoni. Cuanta más superficie impermeabilicemos «aguas arriba», más se acumulará. Eso es de cajón. El agua que actualmente se infiltra en la tierra irá entrando en los colectores. Por eso dudo de la eficacia de la nueva red de pluviales. A medio plazo, puede resultar insuficiente.

El Aerobus es la solución para no seguir impermeabilizando Eivissa tan rápido. Paradójicamente, en las primeras etapas de construcción de la red, las estaciones han de tener aparcamientos para los automóviles de los clientes. Si los asfaltamos, los convertimos en superficies hostiles para la vida. Por fortuna, disponemos de un sistema nuevo de pavimento permeable. Es de plástico y reparte el peso de los vehículos sin compactar el suelo. También puede disponerse para recoger el agua de lluvia. Por poner un ejemplo, si el aparcamiento del polideportivo de Ca’n Misses se hubiera hecho con este material, evitaríamos el embalse que se forma en el extremo inferior en cuanto caen cuatro gotas, y usaríamos el agua de lluvia para rellenar la piscina, reduciendo la cantidad que se toma de la red.

Es difícil saber en qué medida estamos contribuyendo con cada coche al despilfarro de agua, a la saturación del tráfico, a la violencia escolar o al calentamiento global del planeta. Pero todo lo que hacemos tiene repercusiones. No hace falta mucha ciencia para ver que nuestro modelo de movilidad, en conjunto, es insostenible. Otro día, si usted quiere, podemos hablar de cómo lo cambiamos. Sólo hacen falta tres cosas, a saber, dinero, dinero y dinero…

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