Jefe del Centro Nacional de Coordinación de Salvamento Marítimo

Sociedad de Salvamento y Seguridad Marítima – SASEMAR

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Corrían los años sesenta cuando coincidí por primera vez con el autor de este libro; estudiábamos nuestros primeros cursos de Náutica.

En aquella etapa de incipiente acercamiento al mundo profesional marítimo, la perspectiva de desarrollo de la profesión que habíamos elegido se vislumbraba sobre un horizonte incierto y desconocido. Para algunos de nosotros suponía el acceso al mundo de la mar que, a la sazón, se nos antojaba romántico y lleno de embrujo, siendo nuestro deseo inmediato descubrir todo aquello que habríamos de encontrar guiados por la rutas exóticas en las que vendrían a materializarse algunos de los sueños de la adolescencia, e incluso de la infancia, extraídos de libros de piratas y otras historias novelescas relacionadas con mares y océanos que nos habían cautivado. Con estas ilusiones, en aquel grupo de estudiantes se adivinaba un marcado fervor hacia lo mágico y desconocido del medio marino.

Mientras que algunos de los que comenzábamos la carrera de Náutica disfrutaban de alguna pequeña experiencia en la mar, de antecedentes familiares o de proximidad de la costa, otros procedíamos de tierra adentro, sin contactos con el mundo marítimo más allá de un viaje en línea regular. ¿De dónde nos podía llegar aquel pretendido amor o atracción por la mar cuando no existía ninguna influencia por la proximidad, el contacto diario o la tradición familiar? Algún año más tarde escuché a un marino de Extremadura, ante los atónitos rostros de avezados marinos nacidos y criados en las costas españolas del Cantábrico, del Atlántico y del Mediterráneo, que los marinos que elegíamos esa profesión porque una fuerza interior nos había impulsado, formábamos un grupo diferenciado de marinos llegados a ello por el más puro impulso interno.

Unos y otros, de la costa o del interior, iniciamos nuestros primeros pasos a bordo con mucha ilusión, mucha teoría y con escasos conocimientos prácticos para desarrollar esa noble profesión. Ahora, ya curtidos capitanes de sienes plateadas, la imagen retrospectiva de los años de navegación continúa influyendo en nuestras vidas. Los hay que continúan en el ejercicio más puro de la profesión a bordo, como capitanes u oficiales de vasta experiencia, desarrollando plenamente la profesión y sintiendo en su quehacer cotidiano el sonido acompasado del motor principal que impulsa a la nave en su derrota, encontrando en el balanceo el soporte de un enigmático movimiento que forma parte del estilo de vida elegido. Otros continuamos amarrados al mundo de los barcos desde diferentes observatorios según la actividad de las empresas o instituciones en las que ahora «navegamos», intentando que nuestra experiencia y el continuo estudio para la actualización y adaptación al ritmo disparatado que marca la era nos permita seguir a bordo de este mundo tan especial; y los pocos que fueron a recalar en puertos más alejados de lo puramente marítimo, de una forma u otra sienten la necesidad de realizar una singladura sobre el escenario del agua salada.

Manolo Rodríguez nos obsequia a los amantes de la mar con este libro de naufragios bajo el punto de vista histórico, muy bien documentado, narrado sin recelos ni apasionamientos y carente de espíritus malignos como protagonistas. Se trata de un documento vivo y actualizado del destino fatal en que han finalizado sus días de navegación algunos buques conocidos tras haber facilitado en sus mejores momentos el transporte de enormes cantidades de mercancías de todo tipo. No hay imagen más sobrecogedora que la arboladura de un pecio velando en un bajío cerca de la costa; cada barco tiene su identidad propia y su historia, por tanto, esa imagen muestra un final inesperado y violento, una muerte no anunciada, el sufrimiento de su tripulación y, probablemente, la pérdida de alguna vida humana. Los naufragios que nos expone Manolo en este gran libro forman parte de la historia reciente de la Marina Mercante española, de la flota en la que hemos navegado. No en vano al leer algunos de los episodios que se narran a continuación, puedo rememorar mi propia estancia a bordo de esos buques en la travesía del Atlántico, o remontando las corrientes del Mississippi en busca del maíz cultivado en las plantaciones próximas a Nueva Orleáns.

Por todo eso y, principalmente, por todos nuestros compañeros que dejaron sus vidas junto a las de tantos barcos perdidos, el agradecimiento a este marino que nos ha sacado alguno de ellos a flote para que, con todo el respeto y admiración a sus tripulaciones, podamos conocer a fondo la triste historia de sus últimas singladuras.

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